[VIOLENCIA DIRIGIDA]

Revolución vs. Ilustración en Venezuela

El ´allanamiento goteado´ de nuestras universidades tiene por base el pecado de vieja estirpe: una ´Constitución´ negada a las luces y que olvida que las luces son el alma de toda universidad.
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Venezuela conoce su primera universidad entre 1721 y 1722, cuando el Seminario de Caracas pasa a llamarse Universidad de Santa Rosa de Lima y Tomás de Aquino. De allí sale nuestra primera Ilustración, tanto que, para 1810, el Claustro de Doctores lo integran 141 venezolanos formados en teología, cánones, derecho civil, medicina y artes.

Llegada la emancipación, como cosecha de más de 300 años de tormentosa forja de ideas y realidades sobre un suelo que en sus orígenes es una verdadera Torre de Babel –los indígenas, dispersos, nómadas, sin la fuerza de civilizaciones como la Maya y la Azteca, medran en 11 parcelas idiomáticas y 150 dialectos que los entroncan con el chino– aquellos hombres nos imaginan como nación de ciudadanos posible.

De mano de esos padres fundadores –que a todos enorgullecen y entre quienes se cuentan los López Méndez, José Vicente Unda, Andrés Narvarte, Pedro Gual, Cristóbal Mendoza, Juan Germán Roscio, Tomás Sanavia, Rafael Escalona, Manuel Vicente Maya, José Machillanda, José María Vargas, Miguel Peña, Rafael Escalona, Félix Sosa, Ramón Ignacio Méndez, o los abogados Felipe Paul, Francisco Espejo o Miguel José Sanz – y hablando todos el español, todos a uno forjan nuestro primer andamiaje constitucional en 1811. Lo fundan previamente sobre una Carta de Derechos que dicta el Congreso General convocado.

Nos era inevitable, a los venezolanos, beber de las fuentes revolucionarias de la época –la francesa y la americana– pero no trastocamos la pluralidad original que somos y que a la vez es característica de la Hispania que nos conquista. Y en esa vuelta instintiva a la constitución primitiva de esta, nuestra Ilustración también advierte que el poder reside en el colectivo y el rey lo recibe pero no a perpetuidad, pudiendo serle revocado cuando traiciona el bien común.

Contra ese cuadro intelectual –soberanía popular y pluralismo– protesta y se alza en 1812, a la caída de la Primera República, Simón Bolívar, el Libertador, mantuano consumado, descendiente del primer Simón de Bolívar, vizcaíno, quien llega a Caracas en 1589 y sirve como Procurador de nuestros negocios ante el monarca español, Felipe II de Borbón.

Desde Cartagena, por preferir la enseñanza escolástica medieval que habla de la traslatio imperi o la renuncia por el pueblo a su poder, de forma vitalicia y hereditaria, a manos del monarca o “déspota ilustrado” quien lo ha de conducir, Bolívar es terminante: “Filósofos por jefes, filantropía por legislación, dialéctica por táctica, y sofistas por soldados”, es lo característico de nuestros padres fundadores y su obra germinal.

En 1819, en Angostura, propone así la constitución de un Senado hereditario –con las “espadas”, pues a ellas todo se lo debemos– y un presidente vitalicio, a la manera del monarca británico.

Contra la deriva democrática –contra esos hombres “ilustrados, progresistas, más adelantados que su época” y su Constitución, que es “el granero de las ideas democráticas y federalistas”, según la opinión de Alejandro Urbaneja (1895)– opone Bolívar la deriva autoritaria. Arguye que “no estábamos preparados para tanto bien” y apunta a la construcción de “un gobierno fuerte y uno”, de laureles, no de togas.

Tomás Lander, liberal, amigo de Francisco de Miranda y cuyo padre y él mismo –por blancos de orilla– son víctimas de los mantuanos, miembro que fue, el primero, de la secretaría de Bolívar, ante su amigo Francisco Xavier Yánez, firmante del acta de nuestra Independencia, se ve obligado a hacer pública en 1826 su protesta contra Bolívar. Dice que “perdió de vista... los caracteres distintivos de su querida patria” y busca erigir ahora, con su Constitución de Chuquisaca, “un Presidente vitalicio e irresponsable con la facultad de nombrar su sucesor en la persona del Vicepresidente”.

El cuento viene al caso por lo actual. No tanto por ser Nicolás Maduro el sucesor a dedo del muy bolivariano Hugo Chávez, cuanto por prever los artículos 3, 102 y 1 de nuestra vigente Constitución –leídos en ese orden– que es al Estado a quien compete desarrollar la personalidad de los venezolanos, para mejor avenirlos con la doctrina de Bolívar. No nos considera capaces de escoger, libremente, nuestros proyectos de vida y mirarnos acaso en fuentes distintas de las que impone el Estado.

De modo que, el “allanamiento goteado” de nuestras universidades, del que habla Tulio Hernández el pasado domingo y ejecutan Maduro y los Castro mediante la violencia dirigida y el ahogo económico, tiene por base este pecado de vieja estirpe: una Constitución negada a las luces y que olvida que las luces son el alma de toda universidad como comunidad de saberes e ilustración, alerta ante todas las dimensiones de la realidad, en proceso de encuentro continuo con la verdad.

De allí la sabia advertencia de nuestro don Andrés Bello, a quien cita emocionado el finado rector Enrique Pérez Olivares: “No se puede paralizar una fibra, una sola fibra del alma, sin que todas las otras se enfermen”. (Discurso de instalación de la Universidad de Chile, 1843).

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