[MANEJO DEL PODER]

Rusia defiende la envenenada herencia de la URSS

Rusia recuperó posiciones, merced a una política recelosa de Occidente en la que Moscú ha intentado hacerse respetar en su patio trasero y recuperar los lazos con los viejos socios.

Veinte años después de la desaparición de la URSS, Rusia defiende con uñas y dientes el envenenado legado soviético con el fin de mantener a toda costa su imagen de potencia mundial ante el empuje de Occidente y de China.

“¿Qué es la Unión Soviética? Pues Rusia, lo único es que antes se llamaba de otra manera”, afirmó Vladimir Putin, el líder que trata de devolver a los rusos el orgullo perdido tras la traumática desaparición del estado totalitario comunista. Bueno, no exactamente, ya que la URSS tenía unos 300 millones de habitantes y 15 repúblicas, y Rusia, aunque sigue siendo el país más grande del planeta, tiene menos de la mitad de población.

La Federación de Rusia, como es conocido ahora el antiguo imperio zarista y soviético, no lo ha tenido fácil durante estos 20 años, en los que ha tenido que librar guerras (Chechenia, 1994-96) y crisis de suspensión de pagos (1998) para evitar su propia desintegración.

Pocos apostaban por Rusia cuando el 25 de diciembre de 1991 la bandera tricolor rusa fue arriada en el Kremlin y no les faltaba razón, ya que la herencia soviética iba acompañada de un sinfín de problemas estructurales y un costosísimo arsenal nuclear. El primer presidente elegido democráticamente de la historia de Rusia, Boris Yeltsin, logró salvar el país, aunque a costa del empobrecimiento de la población, el advenimiento de una nueva aristocracia de multimillonarios y la rendición estratégica ante Occidente.

Para ello, no dudó en bombardear el Parlamento, que quería limitar sus poderes (1993), y en ordenar la invasión de la secesionista Chechenia, violencia que se propagó a toda la región del Cáucaso y que ha marcado a sangre y fuego la política rusa durante los últimos 20 años.

A finales de los años 90 del pasado siglo, Rusia era un país en plena crisis de identidad, ya que carecía de los medios económicos para superar su atraso y de peso político para mantener su influencia en el mundo.

Entonces, Yeltsin cedió el poder a un desconocido funcionario procedente de los servicios secretos, Vladimir Putin, en lo que muchos interpretaron como un retorno del temido KGB y de los nostálgicos del antiguo régimen comunista al Kremlin.

Putin se conjuró para revertir muchas de las medidas adoptadas durante la década anterior y logró poner orden, ignorando las críticas de Occidente a sus tendencias autoritarias. Los analistas apuntan que los precios del petróleo, que marcaron máximos históricos durante casi toda la década anterior, facilitaron el trabajo de Putin, que logró hacer lo que no pudo su antecesor, pagar a tiempo salarios y pensiones. No obstante, la reciente crisis financiera demostró que no era oro todo lo que relucía y, como reconoció su sucesor en el Kremlin, Dmitri Medvedev, la economía rusa es “primitiva” y sufre una “humillante” dependencia del petróleo y el gas, igual que la URSS.

En el plano político, Putin aprovechó la excusa terrorista para implantar una especie de conducto reglamentario militar, un sistema conocido como “vertical de poder” en el que todas las decisiones dependen de Moscú, en perjuicio del federalismo.

El retroceso en las libertades democráticas ha sido denunciado por el último dirigente soviético, Mijail Gorbachov, quien ha acusado a Putin de convertirse en “un nuevo zar” y comparado el partido del Kremlin con el PCUS por su monopolio del poder.

En el plano internacional Rusia ha logrado recuperar posiciones, merced a una política recelosa de Occidente en la que Moscú ha intentado hacerse respetar en su patio trasero y recuperar los lazos con los viejos socios de la URSS, incluida Latinoamérica. Rusia ha forjado relaciones pragmáticas con casi todos los regímenes denostados por EU, desde Irán a Siria o Birmania, y se ha opuesto, aunque sin suerte, a la injerencia occidental en los asuntos de otros países: Irak o Libia.

En ese afán de hacer frente al avance occidental hacia sus fronteras y, en particular, a la expansión de la OTAN, Rusia incluso lanzó una intervención militar en Georgia por el control de la separatista Osetia del Sur (8-12 agosto de 2008).

Además, Rusia ha lanzado diferentes procesos de integración con repúblicas como Kazajistán y Bielorrusia, con los que intenta recrear en el plano económico y de seguridad la antigua mancomunidad soviética.

Putin, un reconocido nostálgico de la URSS, asegura que su iniciativa de crear una Unión Eurasiática no es una reencarnación del coloso soviético, pero Occidente sigue sin fiarse del primer ministro ruso, que podría perpetuarse en el poder hasta 2024.

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