Un merecido galardón

Salvando corazones en Israel

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Salvando corazones en Israel

Suelen emprender viajes hacia los corazones de niños de diferentes partes del mundo. Cada tanto también a otros países para atender allí a niños a los que les resultaría difícil ser trasladados hasta Israel. Esta vez, los doctores Tzion Huri, Lior Sasson y Akiva Tamir, tuvieron que volar en otras circunstancias, especialmente alegres por cierto. En la sede de las Naciones Unidas en Nueva York, en nombre de la asociación israelí “Salvar el corazón de un niño”, en la que trabajan desde hace años, recibieron el “Premio Población 2018”, entregado por la propia ONU.

Desconocemos los detalles de acuerdo a los cuales se decide cada año a quién entregar el premio. Pero conocemos de cerca desde hace bastante tiempo el trabajo de “Salvar el corazón de un niño” y por lo tanto, tenemos certeza de que los receptores del galardón este año, lo tienen más que merecido.

Desde su fundación hace ya más de dos décadas, SACH (la abreviatura del nombre en inglés de la organización) ha salvado la vida de más de 4 mil 740 niños de 57 países. Todos ellos lidian con problemas cardíacos insolubles en sus respectivos países, por lo cual son traídos al hospital Wolfson de Holon donde funciona SACH. Allí son examinados y tratados, y pasan las intervenciones quirúrgicas que les permiten vivir con normalidad. Todo sin tener que pagar absolutamente nada.

Entre ellos hay también quienes llegan de países que no tienen relaciones diplomáticas con Israel, también varios países musulmanes. Y hay numerosos niños palestinos de Cisjordania y la Franja de Gaza.

Visitar el departamento de Cardiología Pediátrica del Wolfson es adentrarse en un Israel singular y casi desconocido en el exterior, en constante combinación entre conflicto y solidaridad.

Las vestimentas de fuertes y variados colores de las madres o acompañantes africanas de niños internados, se mezclan con los distintos estilos de hijab que cubre el cuerpo todo o solamente la cabeza de las madres árabes llegadas de Kurdistán, Gaza o Cisjordania.

Recordamos a una señora kurda que trataba de calmar el llanto de su bebé, a la que acudió a ayudar como siempre, Nava Gershon, israelí judía, jefa de enfermeras en el departamento. Y otra madre sumamente joven, de vestido largo marrón que le tapaba todo el cuerpo, cuyo rostro denotaba preocupación por el destino de su diminuto hijito. Y la sonrisa de agradecimiento que le adornó el rostro cuando apareció Nava, la abrazó y le dio a entender que todo va a estar bien.

Recuerdo a la ingeniera palestina Haya al-Aghbar de Jenin, al norte de Cisjordania, con un hijab que permitía solo ver los rasgos de su cara , cuyo pequeño Muhamad dormía mientras ella lo observaba, colocándole un Corán a su lado “para que Alá lo proteja”.

Y a Wisam, un chiquito yazidí de Irak de 2 años, que enamoraba con su sonrisa a todas las enfermeras, judías y musulmanas por igual, con la impresionante energía que irradiaba como si no entendiera que debía operarse del corazón para no morir. Su padre Khairi al-Sinjari -cuyo nombre indica la procedencia, de los montes de Sinjar- nos contó que había salido de allí poco antes, en camino hacia un campamento de refugiados en Jordania donde voluntarios cristianos que trabajan con SACH lo ayudaron a llegar a Israel. “Pocos días después de irme de allí con Wisam, el Estado Islámico entró a Sinjar y comenzó a matar”, dijo con angustia. “Aquí en Israel salvo la vida de mi hijo y no sé qué pasa con el resto de la familia”.

Y recuerdo a aquella abuela de Gaza que estaba allí con tres nietitos, uno de los cuales debía operarse. Era la simpatía en persona. Conversamos un rato y cuando le pedí tomarle una foto, dijo que no puede salir con cara descubierta, pero con tono pícaro resolvió de inmediato la situación: se cubrió el rostro con su velo y posó alegremente.

Están los pacientes, sus padres y abuelos, las esperanzas y temores que se entremezclan, y está también la apuesta al futuro. No solo de los pequeños que llegan al Wolfson a operarse, sino de los profesionales capacitados en el hospital, en el marco de SACH para que luego puedan salvar vidas en sus respectivos países.

Cuando se pierde la esperanza, cuando el ánimo pesa al escuchar las noticias y recordar la locura de los conflictos que no terminan, yo me acuerdo a menudo del Dr.Tzion Huri, jefe de Cuidados Intensivos en el departamento de Cardiología Pediátrica, atendiendo a una bebita palestina de Belén, acompañada por su madre y abuela. Y de la calidad humana del Dr. Akiva Aki Tamir atendiendo a los niños que llegan los martes a la “clínica palestina”, hallando siempre la palabra exacta para equilibrar entre la verdad cuando es dura, y el aliento siempre necesario. Y del respeto con que habla con los padres que llegan de Gaza, Ramallah y Hebron, al “otro lado”, a Israel, con la esperanza de que allí, de ese lado de la frontera en el conflicto, esté la salvación.

Y por supuesto de Tamar Shapira, la portavoz y encargada de relaciones públicas en SACH, siempre de ayuda invalorable para quien evidentemente esto no es un mero trabajo sino una misión en la que pone su corazón.

A todos ellos y muchos más, vaya una merecida felicitación. Pueden estar seguros de que en diferentes partes del mundo, por lo menos en 57 países del globo, hay quienes festejan con ellos y saben qué merecido es el “Premio Población 2018” que la ONU les acaba de entregar.

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