[DEMOCRACIA]

Supuestos

Una de dos. O los ciudadanos nos equivocamos cuando elegimos a los gobernantes o estos se burlan de nosotros de forma rastrera cuando tienen el cetro en la mano.

El mundo occidental se enamoró un día no demasiado lejano de la democracia y desde entonces la erigió como el sistema político modelo. Todo aquello que atentara contra su imperio quedó condenado por la historia como tiránico, y como si se tratara de un tesoro difícil de conseguir, se han librado por ella batallas, ha corrido sangre, se han segado vidas, se han pronunciado miles y miles de discursos y se han escrito otros tantos tratados. El mundo occidental, sin embargo, ha usado tan a menudo el nombre de la amada, que lo ha desgastado e incluso, en ocasiones, envilecido. Por eso la palabra democracia, cuando se lanza al viento sin entender su significado, ya no nos conmueve. Nos hemos vuelto escépticos, es verdad, pero conservamos la nostalgia. Antes de que el tesoro haya sido plenamente disfrutado, se nos ha hecho añicos. No sé en Dinamarca, pero en algunos países europeos y latinoamericanos, algo huele a podrido.

Una de dos. O los ciudadanos nos equivocamos cuando elegimos a los gobernantes o estos se burlan de nosotros de forma rastrera cuando tienen el cetro en la mano.

En el primer supuesto, va a resultar que aquello de que la voz del pueblo es la voz de Dios es un dicho vacío de contenido y alarmantemente falso. Al menos en lo que respecta al sufragio universal. Comicios tras comicios, el pueblo se engalana (alguien le ha hablado de fiesta democrática en la que será un invitado imprescindible), se encamina a las urnas, emite su voto, algún que otro periodista le pregunta cómo ve el asunto, y se vuelve a su casa con la satisfacción del deber cumplido y con la idea de que está siendo partícipe del destino de la patria. Así, una vez tras otra, cada cuatro o cinco años. No escarmentamos. Sabemos que las elecciones son solo un primer paso, en el único que se nos permite intervenir, pero que no es suficiente, y conocemos que hay corrupción, que hay desmadres administrativos, que hay intrigas y que pocas veces se nos cuentan las cosas como son, pero con una tozudez ejemplar, volvemos a introducir el voto en la ranura. Esperanza, tal vez, optimismo patológico, o esa vanidad fundamentada en el hecho de que aún contamos para algo. Aunque sea para encumbrar a nuestros verdugos.

El segundo supuesto es más dramático y más grave. Una vez que los políticos llegan al poder, las promesas de campaña se esfuman por arte de magia, los apaños turbios se multiplican, los intereses del partido priman sobre los de la ciudadanía y tienen bien aprendida la respuesta a las quejas. Si tuviéramos que representarlo en un diálogo, sería algo así:

–Oiga, señor gobernante, que eso no era lo prometido, que me está usted machacando, que me ha quitado los derechos por los que lucharon varias generaciones, que no solo no combate la corrupción sino que la ampara... que no, que esto duele, que esto no es democracia.

–Ustedes sí se quejan –contestaría el elegido–. No olviden que gané las elecciones y me dieron un mandato. Confíen en mí que sé lo que hago.

Y visto lo visto, para confiar están las cosas. Fíate y no corras. Y volvemos al comienzo. A la participación limitada a unos comicios.

Sin embargo, el dolor es poderoso y tenaz, que ya lo decía Tagore, y es además consustancial al amor. Los pueblos de occidente seguimos enamorados de la democracia. A pesar de los políticos, de los bancos, de las crisis y a pesar de los sistemas financieros. De ahí las asociaciones cívicas –a las que por cierto odian los gobiernos–, las plataformas contra los desahucios, contra la corrupción, contra los abusos y a favor de la trasparencia. De ahí las protestas y la palabra acusadora.

La democracia se nos ha convertido en una amante esquiva, secuestrada por quienes debían defenderla. Se nos oculta y se la maltrata. Será preciso rescatarla.

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