[POLÍTICA EXTERIOR]

Trump, China y la trampa de Tucídides

Graham Allison, profesor de Harvard, le ha llamado la trampa de Tucídides al riesgo de que una gran potencia pretenda aniquilar, por temores infundados, a una potencia emergente.

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Trump, China y la trampa de Tucídides

Me parece bien que el presidente electo Donald Trump le respondiera la llamada a Tsai Ing-wen, presidenta de Taiwán. Lo cortés no quita lo prudente. Se trata de una mujer educada e inteligente. Taiwán, pese a todo, es una isla aliada de Washington con la que existen vínculos históricos muy fuertes en el orden económico y militar.

En realidad, ese gesto de cortesía no pone en peligro la política de “una China” proclamada desde tiempos de Jimmy Carter. El presidente de Estados Unidos (EU) tiene derecho a hablar con quien desee y la diplomacia China no debiera ser tan quisquillosa y sensible por asuntos simbólicos.

No obstante, resulta mucho más peligroso amenazar a ese país con sanciones económicas y tarifas arancelarias debido a la balanza comercial favorable que China posee con relación a EU, como si las transacciones comerciales arrojaran una suma cero en las que uno gana todo lo que el otro pierde. Francamente, yo pensaba que Trump tenía una mejor comprensión de los fenómenos económicos.

A EU, en números grandes, no le perjudica contar con una enorme fábrica en el Pacífico que les suministra bienes a los consumidores estadounidenses, entre un 30% y un 40% más baratos que si fueran productos equivalentes fabricados en EU, a cambio de un papel moneda totalmente hegemónico que no tiene otro respaldo que el inmenso prestigio del país emisor.

Es verdad que algunos trabajadores estadounidenses pierden sus empleos debido a la competencia china, pero el ahorro por los bienes adquiridos en ese país se transforma en otros empleos creados en EU. No en balde el nivel de desocupación de la fuerza laboral estadounidense es de apenas un 4.6%. La globalización de la economía es una bendición general, aunque pueda ser una maldición particular. Si hay un país que no debe quejarse de ella es EU.

La preocupación por la balanza comercial es una manía mercantilista que fue descartada desde fines del siglo XVIII por pensadores como Adam Smith. Una parte sustancial de los beneficios que obtienen los chinos (o las compañías estadounidenses que allí fabrican) los emplean en la adquisición de bienes estadounidenses, en la compra de bonos del tesoro de EU y en sostener a decenas de miles de estudiantes asiáticos en el sistema universitario estadounidenses.

China es el mayor tenedor extranjero de deuda estadounidenses: cerca de un billón y un tercio de dólares (trillón y un tercio, si lo decimos en inglés), seguido de cerca por Japón. Si comenzara una guerra comercial entre Washington y Pekín y los chinos pusieran a la venta sus bonos o una parte de ellos, EU deberá hacer más atractiva su deuda aumentando los intereses, lo que repercutiría terriblemente en el pago total y obligaría al país a aumentar los impuestos para hacerle frente a las obligaciones, dado que la deuda estadounidense ya sobrepasa el 106% del PIB.

Existe, además, la soberanía del consumidor que el señor Trump, el señor Sanders y todos los proteccionistas deberían aprender a respetar. Si a un consumidor le da la gana de adquirir una camisa o una computadora china, alemana o canadiense, es totalmente injusto y arbitrario obligarlo a desistir de su elección mediante la aplicación de aranceles que encarezcan el bien en cuestión.

Como también es una perversión de la economía de mercado que Trump llame al director ejecutivo de Carrier y le ofrezca ventajas económicas para permanecer en EU. Esos subsidios, que salen del bolsillo de todos los contribuyentes, son contrarios a la esencia de un sistema basado en la competencia en precio y calidad.

El presidente de EU no es un monarca absolutista que elige a los súbditos y cortesanos que desea premiar en detrimento del resto de los productores. Esa nefasta práctica es contraria a las reglas de la Organización Mundial del Comercio que EU contribuyó a crear.

Es absurdo y peligrosísimo que Trump vea a China como un enemigo y que en el pasado le haya parecido razonable que países como Japón y Corea del Sur fabriquen armas atómicas para defenderse de un hipotético ataque nuclear. La proliferación aumenta exponencialmente el riesgo de guerra.

Graham Allison, profesor de Harvard, le ha llamado la trampa de Tucídides al riesgo de que una gran potencia pretenda aniquilar, por temores infundados, a una potencia emergente. Fue así, según el general e historiador Tucídides, como Esparta desató contra Atenas la guerra del Peloponeso, hace 2 mil 400 años. Ojalá Trump no caiga en esa trampa contra China. Sería devastador para todos.

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