Crisis del gobierno de Maduro

Venezuela: hora cero

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La ayuda humanitaria internacional que urge a los venezolanos que padecen el hambre y las enfermedades provocadas por el Socialismo del siglo XXI y Cuba, ha sido vergonzosamente politizada por el Estado criminal de Maduro y sus militares corruptos. No solo la rechazan belicosamente por considerarla una maniobra de intervención internacional encubierta, sino que la consideran una humillación que certificaría su incompetencia y su fracaso.

Peor sería que vayan más lejos, como me temo, presumiendo que la firme decisión mostrada por EU, Brasil y Colombia de implementar la logística necesaria para transportar e introducir en Venezuela las toneladas de ayuda que ya están llegando les ofrece la oportunidad de hacer un simulacro de “salida heroica” del infierno que han atizado con tanta tozudez. Más que las bravuconadas caribeñas de Maduro y su parloteo altisonante, los bloqueos tan ostensiblemente colocados en los pases fronterizos más importantes con Colombia y Brasil son desafíos y provocaciones al “enemigo” imperial. Buscan el pretexto para atacar y ser atacados, con lo que podrían estimular el apoyo nacionalista de su pueblo.

El “extrovertido” asesor nacional de Seguridad, John Bolton, acaba de reunirse en Washington con los cancilleres de Brasil y Colombia. Él mismo ha informado de cada conversación en tuits debidamente condimentados, disipando dudas sobre el pleno apoyo norteamericano a cualquier contingencia bélica por la ayuda humanitaria en tránsito a la frontera. Caracas ha reavivado el anticolombianismo venezolano, aparte de albergar y apoyar abiertamente a la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN) en su territorio, y coordinar estrechamente con La Habana para proteger a quienes fueron a Cuba para negociar un “acuerdo de paz” con base en entendimientos con el expresidente Santos -que solo eran aceptables para Duque si la guerrilla entregaba a los secuestrados que (aún) mantienen prisioneros-. El mortífero atentado perpetrado recientemente por los terroristas del ELN en la Academia de Policía de Bogotá ha motivado la perentoria exigencia de extraditar a los miembros del ELN que Cuba se niega a entregar. Las conversaciones del canciller Holmes en Washington se enmarcan en los preparativos del encuentro Duque-Trump, en un 13 de febrero que puede coincidir con situaciones de gran tensión en la frontera colombo-venezolana.

Si bien la vitalidad de la frontera de Venezuela con Brasil es mucho menor, la abierta antipatía de Bolsonaro hacia Maduro, el intenso perfil de su gobierno cuasi evangélico, y sus magnificadas coincidencias con Trump, tienen que ser leídas por Maduro y sus militares como evidencia de que chocan con dos poderosos frentes (sin mencionar los problemas territoriales y marítimos con Guyana), resueltamente respaldados por Trump, que (en su peculiar circunstancia interna) apuesta por aparecer como el demiurgo de la liberación del pueblo venezolano.

Poco menos que la tormenta perfecta contra el defectuoso y corpulento discípulo venezolano de los Castro (cuyas huestes comunistas podrían estar cerca de compartir la suerte del país que han esquilmado y manipulado con ruindad).

La conferencia internacional que ayer se reunió en Montevideo ha naufragado en sus propias contradicciones (la UE con una posición proelecciones y ayuda humanitaria, medrosamente compartida por Uruguay; México con una versión singular de lo acordado, y Bolivia negándose a firmar para mostrarse incondicional de Maduro).

Este es el dramático escenario internacional -no exagero- que enfrenta el cada vez más importante Grupo de Lima, cuya última Declaración (4/2/2019) es de alto calibre diplomático. Si bien el texto es un fruto colectivo, la coordinación diplomática peruana es meritoria. Contrasta con ello el extraño desinterés presidencial en capitalizar, al nivel del jefe de Estado, el rol que el Perú juega en un problema que trasciende largamente el ámbito interamericano.

La virtuosa simbiosis Luna-Kuczynski patentó una fórmula que nació oportunamente y para dar frutos deseables. Pero el presidente Vizcarra recién ha aparecido ayer -en Cajamarca- para hacer una declaración descuidada y desvaída sobre un problema internacional de tamaña envergadura, en el que las posiciones de los países sudamericanos más importantes han sido expresadas por los jefes de Estado. La Constitución estipula que al Presidente de la República le corresponde “Dirigir la política exterior y las relaciones internacionales” (A. 118, 11). Esperemos que esa muestra de “discreción” no haya sido inspirada por la posición de (su buen amigo) Evo Morales y sus proyectos en Ilo; o por su temor de enojar a las izquierdas nativas que no se atreven a desmarcarse de Nicolás Maduro y el Socialismo del siglo XXI; o a la excesiva prudencia del gobierno para no enfrentarse a los nefastos gobernadores de Puno, Moquegua y Arequipa, empeñados en forjar una alianza deplorable con el presidente de Bolivia en contra de los intereses del Perú.

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