[EN LA CORTA DISTANCIA]

Vivir entre libros

A veces llego a escribir tarde en la noche y oigo como un murmullo entre los libros que desde que sienten mis pasos guardan el más absoluto silencio. ¿Hablan los libros?

Para un escritor, vivir entre libros es sustancial a su propia vida: sin libros es muy difícil ser escritor. Los libros son, en esencia, para leer y releer, para encontrar en ellos todo cuanto no se encuentra en la realidad cotidiana, con ser la misma cotidiana realidad la fuente principal de esos libros.

Escribo en una biblioteca desordenada –la mía–, llena de montañas de libros que viven en un espacio limitado, en una promiscuidad que a veces, cuando lo pienso, me inquieta más de la cuenta. Lo digo porque hay unos miles que aparentan tener su sitio, su lugar, su nicho, mientras que otros miles ruedan por los suelos cerrándome el paso hacia los primeros y no permitiéndome ninguna facilidad al buscarlos. Limpiar aquí el polvo, en mi biblioteca, es una irrealidad histérica, una ilusión, un imposible.

A veces llego a escribir tarde en la noche y oigo como un murmullo entre los libros que desde que sienten mis pasos guardan el más absoluto silencio. ¿Hablan los libros? Dicen los sabios que los libros, cuando se les cuida como se debe, son seres vivos que incluso piensan, respiran y hablan entre ellos. Hay sabios más arriesgados que dicen que los libros también caminan. Y que esa es la razón por la cual cuando vamos a buscar un libro en el lugar que le hemos asignado en una biblioteca, el libro que buscamos no aparece. Se ha ido a otro lugar, el que él cree que merece.

Lo realmente mágico de los libros que no apetecen es que los buscas una semana después y ya puedes encontrarlos donde antes no estaban: han vuelto a su lugar, de puntillas y sin que nos demos cuenta.

Un escritor coetáneo, de ahora mismo, escribía de madrugada en su biblioteca y, de vez en cuando, escuchaba ese rumor extraño de algunos libros moviéndose, cambiándose de lugar de manera arbitraria. Él seguía escribiendo. Como que no oía ni veía nada. “Entonces”, me contó, “levanto la cabeza de repente y se callan, haciéndose los muertos. A mí no me engañan. Están vivos”, me dijo.

Bueno, no todos. Hay libros definitivamente muertos en mi biblioteca, bien porque nunca los he abierto, bien porque los abrí una vez y nunca más los tuve en cuenta. Por eso digo que están muertos. Y, luego, en el infierno de mi biblioteca, que no es muy grande, está el lugar de los libros de los enemigos. Ojo, no los libros enemigos, que a esos los quiero mucho (me quedaría un poco viudo sin ellos, viudo intelectual, se entiende), sino de los escritores enemigos.

A veces, en los momentos de mi vida en que he estado más activo y fuerte que ahora, hacía con los libros de los enemigos una alfombra de suelo, como una moqueta de papel, y paseaba todos los días y pomposamente con ellos. Incluso los oí gritar de dolor más de una vez. Luego me di cuenta de que los enemigos sufren más cuando ven que escribes y publicas y destiné un lugar de mi biblioteca a los libros de los enemigos, un lugar para los condenados, los escritores que sé que no me quieren y que, incluso, dicen que soy mal escritor... ¡Qué sufran, pues, en el infierno!

Un día fui a buscar en mi biblioteca Por el Canal de Panamá, un libro ilegible pero extraordinario de Malcolm Lowry. No lo encontré en mucho tiempo y decidí que lo había perdido. Y eso que le había otorgado un lugar de relevancia, como se merece el gran borrachito que fue su autor. Compré otro ejemplar del mismo libro en una librería magnífica de la peatonal Lavalle, en Buenos Aires, y cuando lo fui a colocar en mi biblioteca en el mismo lugar que estaba el que había perdido, apareció allí mismo el mismo libro que yo creía desaparecido. Ahora tengo dos ejemplares, el hijo pródigo regresado a su lugar por su propio pie y el que compré en Buenos Aires.

Ese sentido mágico de los libros nos hace vivir en la fantasía cada vez que entramos en una biblioteca. A mí las viejas bibliotecas me parecen seres vivos que nos miran desde su sapiencia cumulada y nos invitan, en el silencio, a sentarnos reposadamente a leer. Es lo que le pasó a Borges cuando era un niño. “Lo más importante que me pasó en la vida”, declaró una y otra vez el viejo sabio porteño, “fue descubrir la biblioteca de mi padre”. Desde entonces, y aunque viajara por todo el mundo, nunca se movió de ella. Vivió entre libros. Se los leyó y supo de todos como si fueran suyos. Escribió una literatura distinta después de haber leído distintas literaturas y alcanzó la gloria de no ganar el Nobel de Literatura, porque el académico sueco encargado de señalar a los elegidos le tomó tirria ideológica por su ingenio y su talento. Sic transit gloria mundo. Y ahí queda la gloria de los libros.

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