[EXTRACTO]

Los amigos

El 20 de octubre de 2011, un grupo de rebeldes armados capturó a Muammar Gaddafi en una alcantarilla en la que se había escondido después de que su convoy fuera bombardeado por aviones de la Alianza Atlántica. Gaddafi intentaba salir de Sirte, su ciudad natal y plaza fuerte de sus fuerzas leales, pero los milicianos no tardaron en localizarlo. A continuación fue asesinado, no sin antes hacerle objeto de cruentas y humillantes torturas, y su cuerpo fue exhibido como trofeo. Según la organización Human Rights Watch, la misma suerte corrieron su hijo Mutasen y otros 66 miembros de su escolta, ejecutados a sangre fría en los jardines de un hotel.

A pesar de que la autoridad interina, el Consejo para la Transición Nacional, prometió investigar estos asesinatos y detener a los culpables, jamás fueron puestos a disposición judicial, a pesar de ser conocidos y haber dejado su firma en los muros del hotel en el que se produjo la matanza. El mensaje con esta actitud fue que los grupos islamistas enseñoreados del país estaban por encima de la ley y podían imponer sus dictados por la fuerza.

Dos años después de la desaparición de Gaddafi, las cosas no han experimentado ninguna mejoría apreciable. Libia es hoy un país en el que las fuerzas de seguridad son incapaces de imponer el respeto a la ley y en el que el primer ministro puede ser secuestrado impunemente sin que los responsables sufran las consecuencias. Ocurrió este 10 de octubre, cuando Alí Zidan estuvo unas horas retenido por uno de los muchos grupos armados que siguen operativos. La propia víctima del secuestro lo calificó como “golpe de Estado”. El grupo que se responsabilizó del rapto es la llamada “Sala de los Revolucionarios Libios”, milicia autorizada por los ministros de Defensa e Interior para garantizar la seguridad en las calles de la capital. Si el primer ministro es incapaz de castigar a los responsables de su secuestro, protegidos por miembros de su Gabinete, es fácil suponer la impunidad con la que los grupos islamistas operan a lo largo y ancho del país, convertido de hecho en plataforma para el aprovisionamiento y reclutamiento de yihadistas de las distintas franquicias que actúan en Oriente Medio. Una prueba de que Libia lleva camino de convertirse, si no lo ha hecho ya, en un santuario terrorista es el reciente apresamiento en Trípoli de Abú Anás al Libi, destacado líder de Al Qaeda, por parte de un comando de las fuerzas especiales de EU. La presencia en la capital libia de altos dirigentes del grupo terrorista fundado por Osama bin Laden dice mucho de las características actuales de un país en manos de una multitud de facciones armadas, que luchan entre sí dos años después de la desaparición del dictador.

Con un Gobierno provisional sin capacidad para imponer las mínimas garantías jurídicas necesarias para llevar a cabo las profundas reformas que precisa un país devastado, y sin instituciones estables y representativas, la instauración de una democracia homologable a los usos occidentales es hasta ahora una quimera. Los defensores de la libertad y de los principios democráticos están hoy tan solos como cuando vivían bajo la mano de hierro del dictador. En el segundo aniversario de la desaparición de Gaddafi, el pueblo libio tiene poco que celebrar.

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