inequidad de género

Los brazos de la mujer madura

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Hace años tuvo mucho éxito una novela del autor húngaro Stephen Vizinczey titulada En brazos de la mujer madura. En el relato el protagonista evoca su despertar sexual con una mujer mayor y cómo esta experiencia erótica marca su vida adulta.

Tiempo después un conocido intelectual francés, el escritor y presentador de televisión Yann Moix, ha provocado una morrocotuda polémica en su país por unas declaraciones recientes a la revista Marie Claire. En la publicación, principalmente dirigida a un público femenino, Moix, que tiene 50 años, afirma que nunca podría salir con mujeres de su edad, porque para él son cero atractivas. A diferencia del cuerpo de una veinteañera, añade el novelista, la anatomía de una cincuentona no tiene nada de “extraordinario”.

Sus comentarios, que por cierto coinciden con la publicación de su nuevo libro sobre rupturas amorosas, han despertado la ira de muchas mujeres instaladas en esa edad que tanto rechazo le produce a Moix. Por lo pronto, ha recibido un aluvión de fotos con señoras posando en cueros y mostrando que hay traseros, pechos y curvas que no están para el desguace, aunque ya se haya pasado el umbral de los 50.

El galardonado escritor, además de implorar que las cincuentonas dejen de enviarle fotografías, ha defendido su incapacidad para amar a seres que, a sus ojos concentrados en las muchachas en flor, son totalmente “invisibles”. En plan víctima de sus propias limitaciones, se define como un “niño” con el que a fin de cuentas ninguna mujer de su quinta querría perder su tiempo.

Moix, que sin duda cultiva ese género tan francés de lanzar boutades (o sea, decir cosas epatantes) acierta en esto último. Pasados los 50, la mayoría de las mujeres ya no está para tonterías. Tan es así, que cuando leí acerca de este scandale, lejos de indignarme –una reacción más típica de la ya lejana juventud— sentí una plácida melancolía. Se trata de una suerte de impasible lucidez que proporciona la menopausia (esa terrible maladie, sentenciaría Moix) cuando ya los vaivenes de los estrógenos desaparecen, para aplacar la revolución hormonal que dicta gran parte de los errores y algunos aciertos del corazón en las décadas del esplendor con fecha de caducidad: los temidos 50.

No podría odiar a Yann Moix. Ni siquiera podría despreciarlo. Y mucho menos me tomaría la molestia de enviarle un selfie de mis glúteos apuntalados por el spinning. En realidad, vino a decir lo que muchos hombres de su edad (e incluso más viejos) piensan sobre sus contemporáneas. Ni siquiera hace falta que sea el abanderado de los cincuentones que se babean en los jardines púberes. La experiencia empírica le da la razón: cuando una era jovencita salía con chicos que solían ser mayores. Luego la mujer joven es correspondida por hombres más o menos de su edad y ese supuesto estado de gracia se puede prolongar hasta los 40.

Ah, pero cuando se traspasa el túnel de los 50 (¿será que es una forma de morir en vida para la mujer?), los potenciales pretendientes ya te pueden llevar fácilmente la delantera de una década. Lo cierto es que abundan los hombres de 60 para arriba --una versión provecta de Moix-- que no saldrían ni a la esquina con una venerable señora de su edad.

Se puede llegar a la conclusión de que Yann Moix es un majadero de cuidado. Un vanidoso incapaz de ver en el espejo sus arrugas, la barriga incipiente, el miembro viril menguante, la inevitable llamada de la socorrida viagra en el camino hacia el ocaso. Pero es verdad que consigue seducir a muchachas lozanas que se prendan de él tal vez porque es famoso. O porque el lema de ‘la arruga es bella’ se inventó para el hombre. O sencillamente porque Moix es arrebatador y, sobre todo, un viejo zorro a la hora de pensar en el marketing para que su libro salga en medio del revuelo mediático.

Pasados los 50, los brazos de la mujer madura ya no están para acunar al imberbe de turno. Mucho menos para propinarle una cachetada al cincuentón de las boutades que total, ni la ve. Hay que hacer muchas pesas y liberar endorfinas, que es la hormona de la felicidad. C’est la vie.

La autora es periodista y escritora

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