[EN LA CORTA DISTANCIA]

El ´burka´ y la libertad

La ley es ley solo en democracia, lo demás es un radicalismo totalitario que ya ha costado en el mundo demasiados millones de muertos.

En el mundo occidental todos saben, el que más y el que menos, qué es el burqa o burka, de modo que no tengo que explicarlo en este comentario. En el mundo radical de los musulmanes el burka es una obligación para todas las mujeres: tapadas de los pies a la cabeza caminan en público durante toda su vida sin que puedan decidir por ellas mismas si quieren ponérselo o quitárselo. No llevarlo significaría para ellas castigos mayores, humillaciones, ostracismos e incluso penas que pueden llevar a la cárcel y a la muerte.

No me hace falta inventarme nada para hablar de esto. V.S. Naipaul, el Nobel de Literatura, lo dejó bien claro en su libro Entre creyentes, su viaje por los países islámicos radicales que, más tarde, dieron cuartel a lo que llamamos terrorismo islámico, ya extendido por el mundo.

En el universo occidental, que es el mundo más tolerante que se ha conocido en la historia de la humanidad, con todos sus errores (que los tiene y graves), no se concibe, y por eso está prohibido, que una mujer o una muchacha venga obligada o quiera llevar un burka en público, en la escuela o en cualquier otro lugar. Sucede que el burka es una pieza de vestir religiosa, que el Islam radical exige llevar en público a las mujeres, pero en Occidente este tipo de disfraces están condenados legalmente porque son humillantes, delatan el totalitarismo islámico y atentan contra los derechos humanos y la libertad de expresión. Algunos ignorantes suelen admitir, e incluso defender, que el burka puede llevarse en Occidente si la mujer lo desea, voluntariamente y sin presiones religiosas. Lo contrario, dicen, sería un pecado contra la sacrosanta, así dicen, libertad de expresión que tanto defendemos. Y si yo quiero desnudarme completamente en público e ir al bulevar Balboa a tomarme una cerveza y no se me permite, ¿va eso en contra de la libertad de expresión?

Lo que hiere la libertad es la falta de decoro, la falta de educación, la falta de respeto y civilización. Y el burka es una falta de respeto para las mujeres. La lucha de miles de mujeres y algunos hombres por que en el mundo seamos un género y otro iguales ante la ley no puede romperse porque una minoría radical trate de hacerse ver con el burka, dizque voluntariamente, en París, Madrid, Londres o en ciudad de Panamá. La ley es la ley, contesté en una discusión sobre el burka con un joven occidental producto de nuestras libertades, ¡que defendía su uso libre en Occidente! La ley es la ley, le repetí. “Ah”, me dijo como todo argumento, “también la ley de Hitler, de Franco y de Mussolini era ley”. No, señorito: en una dictadura la ley no es ley sino dictadura, igualmente que en una dictadura la corrupción es total, todo es corrupción. La ley es ley solo en democracia, lo demás es un radicalismo totalitario que ya ha costado en el mundo demasiados millones de muertos para no distinguir la ley de una democracia, por muy mala democracia que sea, de la ley de una dictadura.

Todavía me escandalizo cuando, en estos tiempos de crisis, oigo decir a algún despistado que “por lo menos con Franco, teníamos trabajo”. Ignorante: tres millones de españoles tuvieron que emigrar en tiempos de aquel general hij..., iscariote y ladrón, y se fueron a Francia a lavar los desechos de las casas de los alemanes y otros ciudadanos europeos. Todavía escucho con vergüenza, pavor e ira cada vez más incontenible, cómo seres libres en Occidente mantienen a voz en grito y en público que no podemos imponerles nuestras costumbres a quienes quieren seguir con las suyas. Aunque sus costumbres sean salvajes, impongan el burka, la sarhía y cuantas animaladas que atentan contra los derechos humanos elementales, individuales y colectivos. Occidente, nuestra civilización, ha hecho cosas muy malas en la historia. Pero una de las cosas de las que tenemos que estar más orgullosos es de nuestro concepto de la libertad. Hasta el punto de que si alguien quiere ser esclavo voluntariamente (pero, ¿alguien puede creerse eso de verdad?) de alguien, no se le puede permitir: está penado por la ley y la civilización. Los signos de intolerancia tienen que ser tratados con el rigor de su propia medicina. Si no actuamos así, pronto, muy pronto, los que creemos en la libertad y toda nuestras vidas hemos luchado y proclamado la gloria de la integración, el mestizaje y el igualitarismo, seremos derrotados por nuestra propia inacción y cobardía. Defender la libertad y los derechos humanos incluye luchar por la libertad y los derechos humanos de quienes no los tienen. Lo demás es cobardía, síntoma claro de debilidad de una sociedad pusilánime, educada y crecida en la opulencia y que ya no es capaz de alzarse sobre sí misma para defenderse de la intolerancia.

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