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El cine, sus ceremonias y la política

La ceremonia del Óscar tiene una larga historia de activismo político, por lo que intentar despojar a la industria del cine de su contenido político es un empeño inútil, imposible e indeseable.

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El cine, sus ceremonias y la política

El elefante en el cuarto en el que se celebró la ceremonia de los Óscar fue Donald Trump. Y todo empezó cuando el presentador Jimmy Kimmel anunció que la transmisión del programa llegaba “a más de 225 países que ahora nos odian”.

En un año en el que la elección de Trump ha crispado a la nación y al mundo entero, era apenas natural esperar que el talento cinematográfico mundial expresara su repudio a las políticas racistas, intolerantes, divisivas del actual presidente de Estados Unidos.

Incluso, en un acto sin precedentes antes de que empezara la ceremonia, ya los directores de las cinco películas extranjeras nominadas se habían manifestado condenando el nacionalismo político y honrando a quienes luchan en su contra.

Asghar Farhadi, el director de la película iraní El Viajante, que ganó el Óscar, no asistió a la premiación en protesta por el agravio de Trump a los ciudadanos de siete países de mayoría musulmana, incluidos en la irracional, inmoral, intolerante, y por el momento judicialmente suspendida orden ejecutiva de Trump.

Ya en enero de este año, durante la entrega de los premios Globos de Oro, que entregan los corresponsales de diarios extranjeros a las mejores películas, Meryl Streep nos dio un adelanto con un emotivo discurso en el que nos recordó que fueron extranjeros los que fundaron Hollywood, y que los actores ahí congregados venían de todo el mundo, de Jerusalén y de Ohio, de Kenia y de Carolina del Sur, de Italia y de Nueva Jersey.

Lo medular de su discurso, sin embargo, fue la lección de civilidad que le dio al entonces presidente electo, quien en su campaña se había burlado de un reportero discapacitado de The New York Times, haciendo una grotesca imitación de él al tiempo que los “deplorables” festejaban la ocurrencia, riéndose y aplaudiéndole. “La falta de respeto incita a más faltas de respeto. La violencia, a más violencia”, dijo Streep, recalcando que cuando los poderosos abusan de los débiles, el mal ejemplo cunde. Me imagino que esta semana, desde la Casa Blanca saldrán unos cuantos tuits y uno que otro comunicado lamentando que se le haya dado un cariz político a una ceremonia cuyo propósito es celebrar el espectáculo.

De hecho, antes de la entrega de los premios ya hubo comentaristas conservadores que criticaron a los críticos por anticipado. “No me vengan con lecciones de política no solicitadas durante este tipo de eventos”, escribió uno. A otro le molesta que, instaladas en la riqueza, las celebridades lancen sus dardos políticos ante el regocijo de su audiencia de millonarios, sin importarles si hieren la susceptibilidad de los estadounidenses ordinarios que votaron por Trump. Otro comentario verdaderamente risible que leí fue que los chistes políticos no tienen gracia.

La verdad es que la ceremonia del Óscar tiene una larga historia de activismo político, tanto de izquierda como de derecha. En 1972, por ejemplo, Jane Fonda fue aplaudida por unos y abucheada por otros por su oposición a la guerra de Vietnam.

Algo semejante sucedió en 1978 con el discurso pro palestino de Vanessa Redgrave y la airada respuesta del escritor Paddy Chayefsky, criticándola por hacer propaganda política durante la premiación.

También ha habido discursos para concienciar sobre la lucha por los derechos de las personas gais, de los trabajadores indocumentados, de los delfines y el sida; o para protestar por la ocupación china en el Tíbet, la discriminación racial, la guerra en Irak y la falta de control en la venta de armas.

En 1999, cuando se honró la trayectoria artística del director Elia Kazan, la audiencia se dividió entre quienes le perdonaron haber delatado a sus compañeros ante el Comité de Actividades Antiestadounidenses, en el inicio de la Guerra Fría, y quienes siguieron reprochándoselo.

Y no podía ser de otra forma, porque no vivimos en un vacío político. Las películas reafirman o invalidan nuestras opiniones sobre las relaciones humanas y sobre las instituciones; nos invitan a la reflexión y facilitan nuestras conversaciones. Intentar despojar a la industria del cine de su contenido político es un empeño inútil, imposible e indeseable.

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