[EN LA CORTA DISTANCIA]

Las clases dirigentes

Las castas y clases dirigentes son sospechosas, en general, de acercarse al poder para hacerse ricos. Así de claro. Para hacer negocios que confunden lo público con lo privado.

Me escandaliza el papel que las clases dirigentes de nuestros países interpretan desde hace mucho tiempo. Cualquiera puede tender al error de generalizar y culpar de todo lo malo que nos sucede a esas mismas clases dirigentes, que –está claro– son las que menos sufren las crisis temporales o cotidianas que son la vida del común de los mortales.

El ejemplo que dan esas clases (o esas castas, según se mire) es el peor de todos: a veces van a la vida pública con el discurso del servicio a la comunidad y terminan multimillonarios a la vista de todo el mundo y sin que se les caiga la cara de vergüenza. El mejor actor argentino de la actualidad, Ricardo Darín acaba de dar un mal paso (o bueno, según se mire) al insinuar que Cristina Kirchner, la presidenta de su país, debería dar explicaciones por su enriquecimiento familiar en los últimos años. La mandataria, así se dice, no ha tardado ni un minuto en contestarle al actor; dice que ya “la revisaron” en el juzgado, de arriba abajo, y que no encontraron nada sospechoso en sus finanzas.

Pero, y es solo una pregunta, ¿sobre cuántos mandatarios del mundo, del más cercano y del más lejano, caen sospechas por indicios de enriquecimiento ilícito?

Las castas y clases dirigentes son sospechosas, en general, de acercarse al poder para hacerse ricos. Así de claro. Para hacer negocios que confunden lo público con lo privado. Con la intención, quiero dejarlo bien claro, de tomar para sí lo que no les corresponde porque es de todos. Naturalmente que hay muchas excepciones. Solo faltaba. Pero lo que escandaliza más de la cuenta es que el cuento se repita, una y otra vez, y que nunca los dineros robados sean repuestos por la justicia, que es ciega y, a lo que se ve, también manca, lenta y bastante torpe. En España, por ejemplo. ¿qué decir? Los ladrones de millones y millones de euros pasan por el juzgado (hay más de 300 políticos en estos momentos encausados por este tipo de supuestos delitos), declaran, hablan, dicen que sí o que no se acuerdan y, finalmente, salen indemnes, a la calle, con todo el dinero robado a buen recaudo en paraísos fiscales. Lo más terrible es que, cuando algunos de los que escribimos en libertad decimos lo que decimos, nos tilden de comunistas y antisistemas, cuando realmente quienes más daño le hacen al sistema son aquellas clases dirigentes que, teniendo que cumplir y hacer cumplir la ley, hacen lo que les da la gana y hasta las ganas se las ponen a su nombre en el registro mercantil de cada uno de sus pueblos y ciudades.

Así es como llegan a ser una suprema preocupación de los ciudadanos, en general, las prácticas ilegales de sus castas dirigentes, los dolos, los fraudes de ley y los latrocinios que esas mismas castas, protegidos por la autoridad, cometen con una impunidad pavorosa.

En Venezuela, hace años que en los presupuestos económicos de la nación el barril de petróleo se marca a 55 dólares, mientras que se vende normalmente sobre 100. De cada uno de los barriles que Venezuela vende al día 45 dólares se volatilizan en el silencio cómplice del chavismo y sus secuaces. Hace 14 años, Chávez llegó a limpiar Venezuela de ricos, cuando lo que tenía que haber hecho es limpiar de pobres su país, ahora mucho más empobrecido y anémico, y al borde de la ruina moral y económica, que cuando llegó al poder el hoy agonizante Hugo Chávez Frías.

¿En cuántos países de nuestro entorno se repite este ejemplo? En todos o casi todos. Y ahí está la quiebra real del sistema capitalista: en que los propios defensores de la ley y la libertad del capital se lo roban en cada ocasión que se les presenta. El resultado salta a la vista: los ciudadanos del mundo occidental creemos, cada vez menos, en la democracia burguesa, aunque la inmensa mayoría no creemos en las democracias populares, de tan mala como nefasta experiencia. ¿Y cuál es la solución? La inmediata es que las malas prácticas de la corrupción se vayan alejando de las castas dirigentes y vayan siendo relegadas al juzgado, a la cárcel y a la devolución de lo robado. Tal vez sueño despierto, estoy casi seguro, y nunca veremos entre nosotros que nuestras castas dirigentes, nuestras clases dirigentes (a la que para bien y para mal pertenecemos), sean tan limpias como aparenta su digno discurso político. Y tan honradas como el resto de los ciudadanos, algunos de los cuales, viendo el terrible resultado de tantos desmanes, ya no creen en nada. O disimulan su escepticismo sin meterse en nada. Como que todo está perdido desde hace tiempo.

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