[ELECCIONES]

Un continente que mira a la izquierda

El próximo 11 de marzo, si Michelle Bachelet gana la segunda vuelta y asume la nueva Presidencia de Chile, hallará en los países vecinos buenos espejos donde mirarse.

Encontrará una izquierda en Brasil que después de doblar la rodilla ante los movimientos sociales el pasado julio, consiguió enderezar el rumbo a base de tolerancia, diálogo y concesiones. Verá a otra izquierda en Argentina, que después de 10 años en el poder se muestra más debilitada que nunca, aunque con mayoría en el Congreso.

En cualquier caso, el progresismo, en sus diversas y a veces opuestas variantes, seguirá siendo en los próximos años el color dominante en América del Sur.

En Uruguay, José Mujica aprobó la ley del aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo y ahora se encuentra en su fase final la norma que regulará el mercado de la marihuana. El candidato con más opciones para sucederle en octubre de 2014 será el también izquierdista Tabaré Vázquez, quien fuera presidente entre 2005 y 2010.

En Brasil gobierna desde 2011 Dilma Rousseff, hija política de Luiz Inácio Lula da Silva. La única persona que parece hacerle algo de sombra con vistas a las elecciones de octubre de 2014 es la también izquierdista y exministra Marina Silva, del movimiento Red de Sustentación.

En Perú, el Ollanta Humala que llegó al poder en 2011 no tiene nada que ver con el que lo intentó cinco años antes bajo la órbita del venezolano Hugo Chávez. El de ahora se dejó moldear por Luis Favre, el asesor electoral de Lula, para presentarse como gran defensor de las libertades civiles, el mercado libre y la iniciativa privada.

En Ecuador, Rafael Correa llegó al poder en 2007 y ganó el pasado febrero unas elecciones que le permitirán continuar en la presidencia hasta 2017. En Bolivia, Evo Morales gobierna desde 2006 y aspira a ganar el próximo año unas presidenciales por tercera vez. En Venezuela, Nicolás Maduro venció el pasado abril y aún tiene por delante seis años de gobierno.

El mandato de la presidencia en Chile es de cuatro años y no renovable. Y ese es el plazo que Bachelet se ha marcado para acometer la ambiciosa reforma educativa.

Cuatro años en los que Chile debería abandonar el puesto de la mayor desigualdad social de los 34 países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE).

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