[REVUELTAS EN BRASIL]

El dilema de Rousseff

Más de la mitad de los que salen a las calles (55%, según el Instituto Datafolha) no pertenece a ningún partido y desconfía de cualquier mecanismo o sistema de representatividad.

En medio de la peor crisis social desde que asumió en enero de 2011, la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, enfrenta un paradójico dilema: millones se manifiestan en su contra, en las calles o por internet, pero a la hora de intentar abrir un diálogo que permita vislumbrar una salida, la mandataria del Partido de los Trabajadores (PT) no tiene con quién hablar.

Es que la propia naturaleza de las multitudes que desde hace 12 días protagonizan las mayores revueltas populares en dos décadas hace muy difícil encontrar una vía de comunicación. Son masas espontáneas, colectivos de los más diversos, que coordinan sus acciones bajo el semianonimato de internet.

Más de la mitad de los que salen a las calles (un 55%, según el Instituto Datafolha) no pertenece a ningún partido político, y en su mayoría reniega y desconfía de cualquier mecanismo o sistema de representatividad. “Lo colectivo, lo impersonal, lo anónimo, dan forma al grupo, donde no debe haber espacios para egos inflados. Los vanidosos no pasarán”, definen a los “indignados” brasileños los analistas Bruno Paes Manso y Marcelo Godoy del diario O Estado de Sao Paulo. Precisamente, fue “a esas voces de la calle” a las que la presidenta Rousseff se dirigió en sus únicas declaraciones, hasta hoy, realizadas respecto a las manifestaciones, usando una suerte de eufemismo para nominar a ese gran sujeto desconocido.

“Esas voces de las calles deben ser escuchadas”, señaló en su discurso la mandataria, hablándole a una tercera persona anónima. “Ellas trascienden, y esto fue visible, los mecanismos tradicionales, de las instituciones, de los partidos políticos, de las entidades gremiales y de los propios medios (de prensa)”, admitió, dando en el clavo de lo que es al día de hoy su mayor problema. Si en un principio pudo vislumbrarse la existencia de una cara visible, identificable, que podría haber oficiado de eventual interlocutor entre un gobierno perplejo y una multitud enardecida y creciente, hoy ya no la hay más.

El Movimiento Pase Libre, el grupo de estudiantes universitarios nacido en el Foro Social Mundial celebrado en Brasil en 2005, el cual a través de una demanda concreta, la suspensión del aumento de la tarifa de transporte público en Sao Paulo, encendió la mecha que ahora arde por todo Brasil, anunció que no convocará más manifestaciones, una vez que aquel primer objetivo fue conquistado.

El grupo, que por toda autodefinición dice ser “una organización horizontal y autónoma”, ya había deslindado responsabilidades tanto por los actos de vandalismo que han marcado las protestas, como por las reivindicaciones levantadas por grupos o personas durante las mismas. Mientras los activistas anunciaban su salida triunfal de escena, Rousseff mantenía una reunión de emergencia con sus principales ministros, para tratar las acciones a seguir respecto a las movilizaciones, que el jueves llevaron a más de un millón de personas a las calles en más de cien ciudades de todo el país.

A la salida de la reunión, tras la cual no dio declaraciones a la prensa, algunos medios constataron que la gran conclusión de la cita es que el gobierno “sigue perplejo”. Según la Agencia Estado, ni siquiera se decidió quién hablará en nombre del Gobierno federal, ni siquiera si alguien hablará. Sí se descartó que se vaya a suspender la Copa Confederaciones, tal como se llegó a rumorear después de que varios medios de prensa aseguraran que la FIFA dio un “ultimátum” al Gobierno para que garantizara la seguridad de su delegación, de los jugadores y de la prensa internacional.

No se sabe quién va a hablar. No hay un interlocutor real, de carne y hueso, solo hay millares de rostros que portan carteles “contra todo” en las calles –aunque muy especialmente contra los gastos del Mundial y la corrupción– y millones de nicknames virtuales que reproducen hasta el infinito la insatisfacción general. “No hay un decreto que lo resuelva”, sintetizó el tamaño del problema el analista de la radio CBN, Arthur Xexéu. “Es una manifestación de desencanto político. No una protesta, una manifestación, porque uno protesta por algo concreto, acá lo que se hace es manifestar insatisfacción”, afirmó.

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