Robert Mueller

La estrategia de la araña

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La estrategia de la araña

Ha muerto el gran cineasta italiano Bernardo Bertolucci, y una de sus notables películas es La estrategia de la araña: una trama política en la que se tira del hilo para resolver un oscuro episodio del pasado.

En estos días, al leer crónicas y obituarios sobre su vida, me vino a la mente el título de su filme a la luz de las informaciones que se están publicando sobre la investigación que el fiscal especial Robert Mueller encabeza con el fin de esclarecer las ramificaciones de la trama rusa en las elecciones presidenciales de 2016 en Estados Unidos.

Mueller, minucioso como el paciente arácnido que teje su telaraña, va juntando las piezas del rompecabezas que podría descifrar lo que pudo haberse cocinado entre el Kremlin y personas allegadas al presidente Trump para facilitar su eventual triunfo. Era evidente que el magnate neoyorquino le producía menos aversión a Vladimir Putin que la entonces candidata Hillary Clinton, quien cuando era secretaria de Estado bajo la administración Obama, mantuvo una línea dura y nunca ocultó su desdén por el líder ruso.

Desde que comenzó la investigación, primero con James Comey al frente, y ahora bajo la supervisión de Mueller (ambos afiliados al Partido Republicano), el presidente Trump ha torpedeado públicamente el proceso, calificándolo de “caza brujas”, a la vez que ha insistido una y otra vez en que nunca estuvo implicado en la supuesta colusión entre Rusia y miembros de su campaña para interferir en las elecciones de 2016.

Por eso sorprende que alguien tan vehemente a la hora de proclamar su inocencia no respalde una investigación tan trascendental como la que dirige Mueller. El mandatario debería apoyar todo lo que propicie la transparencia y despeje cualquier duda sobre sus intenciones en una accidentada campaña electoral en la que el propio Trump conminó en julio de 2016 al Gobierno ruso a que hackeara los correos electrónicos de su contendiente, coincidiendo con los informes de Inteligencia que en ese momento apuntaban a que los rusos ya habían hackeado los emails del Comité Nacional Demócrata. Eran también los tiempos en los que el entorno del presidente se reunía con turbios personajes rusos en la torre Trump con el objetivo de hallar evidencias que pudieran “echar tierra” sobre Hillary Clinton.

Han pasado dos años desde aquel período en el que Trump llamaba a su rival “corrupta” y pedía que la encerraran –algo que sorprendentemente continúa haciendo en sus mítines políticos–, pero es él quien está peligrosamente cerca del laberinto de una investigación que salpica a asesores e incluso a familiares. Su exabogado Michael Cohen acaba de declararse culpable de mentirle al Congreso sobre la trama rusa. Cohen, implicado también en violación de normas de campaña, ha confesado que facilitó información falsa sobre un proyecto inmobiliario del empresario en Moscú.

Contrario a lo que en un principio testificó bajo juramento, el que fuera abogado personal de Trump durante una década ha admitido que, a pesar de que ya estaban en plena campaña presidencial, su antiguo jefe prosiguió negociaciones empresariales con Rusia para construir allí uno de los rascacielos emblemáticos del imperio Trump. Se trata de una explosiva declaración que contradice lo que hasta ahora el presidente ha sostenido, al asegurar que cuando era candidato no traía entre manos dicho proyecto inmobiliario. Cohen ha dicho que en su momento mintió para no dañar el “mensaje político” de Trump, y este no ha tardado en responder que solo son mentiras de un tipo “débil” que busca reducir su condena.

No es Michael Cohen el único que se ha visto atrapado en esta espiral. Otro hombre muy cercano al presidente, su exjefe de campaña Paul Manafort, también se enredó en la investigación de la trama rusa y su caso se ha complicado más por mentirles a los fiscales de la investigación tras haber llegado a un acuerdo con ellos para colaborar con la justicia. Son muchos los nombres vinculados al inquilino de la Casa Blanca que deben testificar en esta pesquisa que avanza inexorablemente.

Mueller, un veterano de la guerra de Vietnam al que le sobran credenciales, hace su trabajo con el rigor que exige una democracia sólida como la de Estados Unidos. El presidente debe agradecerle su esfuerzo por disipar todas las dudas sobre la interferencia de un gobierno tóxico como el de Putin en el proceso electoral del país que ahora preside. Si Trump no tiene nada que ocultar, no caerá en la telaraña. Así de simple.

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