[PASADO]

Hasta la eternidad

La mitad de los españoles nos avergonzábamos del simbolismo de El Valle de los Caídos, mientras la otra mitad callaba para no ser tildada de retrógrada.

Por si teníamos poco con la crisis y el desempleo, ahora los españoles tenemos otro problema, y es que no sabemos qué hacer con El Valle de los Caídos. Nos debatimos en un mar de dudas, igual que si hubiéramos heredado un feo jarrón al que le buscamos un lugar discreto en la casa preguntándonos dónde lo pongo, dónde lo acuesto, que hago con esto. La sensación es la misma, pero con algunas diferencias: un jarrón es manejable, pero el conjunto arquitectónico es mastodóntico, como todo lo que hacen los dictadores para perpetuar sus gestas y su memoria. Además, en el búcaro siempre se pueden colocar flores, en tanto que la basílica tiene un bicho dentro que devora cualquier adorno posible que intente disimular su fealdad. El que fuera caudillo de España y generalísimo de sus ejércitos, Francisco Franco Bahamonde, está enterrado allí.

Sin embargo, esto es solo un detalle. Lo auténticamente vergonzoso es que El Valle fue construido por prisioneros políticos en un paraje de la sierra de Guadarrama, muy cerca de Madrid, en conmemoración de la victoria del bando franquista sobre el bando republicano en la guerra civil, y era también un homenaje a los que murieron en la contienda, según se desprende del acta fundacional del inicio de las obras en 1940: el monumento y la basílica se construyeron para “...perpetuar la memoria de los caídos de nuestra gloriosa Cruzada [...] La dimensión de nuestra Cruzada, los heroicos sacrificios que la Victoria encierra y la trascendencia que ha tenido para el futuro de España esta epopeya, no pueden quedar perpetuados por los sencillos monumentos con los que suelen conmemorarse en villas y ciudades los hechos salientes de nuestra historia y los episodios gloriosos de sus hijos”.

Su solo nombre, El Valle de los Caídos, haría innecesario citar el acta, porque la conciencia colectiva del español sabe que en el argot del franquismo, los caídos (por Dios y por España) eran los suyos y solamente los suyos, si bien después de su inauguración en 1959 se trasladaron allí cuerpos de combatientes republicanos, ejecutados y recogidos de fosas comunes. Hay en total unos 34 mil enterramientos, aunque la mitad están sin identificar.

Uno de los monumentos más visitados de España por nacionales y extranjeros hasta la muerte de Franco, pasó a ser un lugar semidesértico (cuidado por los benedictinos a cuyo cargo está la basílica, la abadía y la hospedería) cuando llegó la democracia. La mitad de los españoles nos avergonzábamos de su simbolismo mientras la otra mitad callaba para no ser tildada de retrógrada. Cada 20 de noviembre, no obstante, los franquistas nostálgicos conmemoraban allí el aniversario de la muerte del caudillo y de José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange. El acto fue prohibido hace pocos años por ser una exaltación de la dictadura y porque generaba disturbios.

El caso es que el conjunto pertenece a Patrimonio Nacional, y al calor de la ley de Memoria Histórica, se creó en mayo una comisión de expertos para definir su destino. Al parecer se quiere convertir en un centro de concordia totalmente distinto del fin para el que fue creado, lo que solo se conseguiría si se echa una capa de granito a las explicaciones históricas y no se vuelve a hablar de sus orígenes, porque si hablamos, hablamos. Y si hablamos, se acabó la concordia. Sería como si convirtiéramos un campo de concentración en un centro de cultura judía sin mencionar el holocausto.

La primera medida que habría que tomar es exhumar el cadáver de Franco y así lo ha propuesto la comisión, pero eso solo sería posible si la Iglesia lo autoriza, que para eso el hombre está enterrado ante el altar mayor de una basílica católica. La segunda medida sería destinar unos 13 millones de euros en remozar el sitio y acondicionarlo para los nuevos propósitos. ¿Lo hará el gobierno del Partido Popular que toma posesión en diciembre? No se les ve intención, pero ni siquiera tendrán que ponerlo sobre la mesa porque la Iglesia no dará el visto bueno. En la práctica es el guardián de la tumba, y le parecerá una profanación expulsar de su seno los despojos del hombre que entraba bajo palio en la basílica. Juntos hasta la eternidad.

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