[DEMOCRACIA]

El experimento mexicano

No nos podemos quedar callados cuando hay tanta gente que sospecha que el partido de Peña Nieto, el PRI, pudo haber influido en el resultado comprando miles o millones de votos.

Minimizar o negar lo que nos pasa es una característica muy mexicana. Ya lo decía Octavio Paz en su libro El Laberinto de la Soledad: “Máscara el rostro, máscara la sonrisa”, minimizar o negar que hubo abusos y trampas, antes y durante la elección presidencial, es la típica respuesta mexicana a nuestros problemas. Pero ya es momento de romper ese esquema centenario. Y la manera de hacerlo es, primero, reconociendo que las votaciones no fueron limpias ni transparentes.

Sé que suena a obsesión. Pero, sencillamente, no nos podemos quedar callados cuando hay tanta gente que sospecha que el partido de Enrique Peña Nieto, el Partido Revolucionario Institucional (PRI), pudo haber influido en el resultado comprando miles o millones de votos. Eso viola la Constitución que exige votaciones libres. No debemos dejar para el próximo sexenio lo que podemos denunciar hoy. Ante las trampas, es preciso exigir que se haga algo significativo, ejemplar, para que nunca más se repita este tipo de fraude. Nunca más.

Oigo por muchos lados –en Twitter, Facebook y otros medios– a mexicanos que dicen que todos los partidos políticos compran votos, que es preferible que Peña Nieto tome posesión y que la vida siga igual. O sea, que lo mejor es no hacer olas.

Hay que tomar partido con la democracia. Punto. Si Andrés Manuel López Obrador o Josefina Vázquez Mota hubieran ganado con trampas la Presidencia, mi crítica sería exactamente la misma. Pero el que ganó con trampas fue Peña Nieto del PRI –un partido que durante 71 años se impuso a dedazo limpio en las elecciones presidenciales– y por lo tanto nos corresponde como periodistas cuestionarlo a él. No es una cuestión partidista. Es una cuestión ética.

Como periodistas no podemos –no debemos– apoyar a ningún candidato. Mientras más distancia mejor. Nada de regalos, comidas o inversiones en publicidad de políticos. Nuestra principal función social como periodistas (lo he dicho antes) es evitar el abuso de los que tienen el poder. Y en México esto significa, en estos momentos, denunciar las trampas electorales, identificar a los culpables, las cuentas y los montos que pagaron, e insistir en que el gobierno federal inicie una investigación independiente y que las autoridades electorales castiguen fuertemente a los tramposos.

La compra de votos en un país tan pobre como México tiene su base en una inocultable cultura de corrupción. En 2011, Transparencia Internacional, una organización no gubernamental que monitorea la corrupción en todo el mundo, dio a México una calificación de 3.0 en su índice de percepción de corrupción, en una escala en la que el cero es el más corrupto y 10, el menos corrupto. Y aunque la experiencia de México con la democracia solo ha sido hasta ahora en las últimas tres elecciones presidenciales, el escrutinio del primero de julio y el de 2006 estuvieron cargados de controversia y de dudas respecto de su imparcialidad.

Todavía tenemos mucho que aprender. Pero es un error permitir que la victoria de Peña Nieto y del PRI quede sin refutación. Para que el experimento mexicano salga adelante hay que cuestionar y rechazar, antes que nada, lo que parece normal: las trampas, los muertos, la pobreza, la concentración del poder, la información y el dinero en pocas manos.

Creo en el experimento mexicano. Creo que México llegará a ser un país verdaderamente democrático. Creo que México tiene grandes periodistas –sobre todo mujeres: Elena Poniatowska, Carmen Aristegui, Alma Guillermoprieto, Adela Navarro (del semanario Zeta), Lydia Cacho, Anabel Hernández, Sanjuana Martínez, Guadalupe Loaeza, Cristina Pacheco, Denise Dresser y Denise Maerker, entre muchas otras– que informan con valentía y que no van a dejar que nos mientan.

Creo en los 131 jóvenes que despertaron esta primavera un vigoroso, contestatario y necesario movimiento estudiantil. Y creo en la lucha por los inmigrantes del padre Alejandro Solalinde, el sacerdote católico que lucha incansablemente a nombre de los inmigrantes centroamericanos. Creo en el poeta Javier Sicilia, pues son inspiradores sus esfuerzos por difundir la paz a raíz del asesinato gratuito de su hijo a manos de una banda de narcotraficantes.

Creo que millones de mexicanos ya no quieren más de lo mismo. Creo en un México nuevo y posible. Pero lo viejo no acaba de morir en México. Y es ese olor a rancio y podrido que no me deja en paz.

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