Colombia

No estamos felices

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Si piensa alguno que quisiéramos cohetes luminosos y campanas al vuelo celebrando el fin de la minga, anda muy equivocado. Con el presidente Uribe, en pleno acuerdo, debemos decir que preferiríamos más bloqueos y barbarie a esta claudicación vergonzosa.

De malos comienzos suelen venir peores finales. Y esto empezó muy mal. Porque según como se quiera, 7 mil son muy pocos o muchos. Muy pocos para que se les permita hacer con todo un país de 45 millones de personas lo que les venga en gana. Pero muchos para no haber cortado de raíz la marcha en su proceso inicial. No sabemos quién falló y acaso ese no sea el tema central de estas adoloridas reflexiones. Si la inteligencia militar, o la de Policía o quién demonios que no advirtió lo que era tan obvio, tan ostensible, tan grave, y dejó pasar por alto esa enormidad, muy mal hizo. O si todo se advirtió y faltó la autoridad que saliera en defensa de la Nación, sería peor.

Pero todo eso faltó. Lo que nunca debió permitirse se permitió y de esa fuente enferma brotaron tantos daños.

Los indígenas de la Panamericana cometieron tantos delitos como quisieron. Cerrar una vía pública es un acto ilícito, castigado en el Código Penal. Acordarse con muchos para esa agresión, es una manifiesta asociación o concierto para delinquir. Persistir en dañar gravemente derechos ajenos, tutelados en la carta de los derechos humanos, es una conducta abominable. Enfrentar la fuerza pública y herir policías y soldados, ultrajarlos y secuestrarlos, es de suyo merecedor de penas muy severas. Dañar bienes de uso público, impedir el tránsito de ambulancias, medicamentos y alimentos para una población que sufre, está prohibido hasta en los Protocolos de Ginebra. Y todo eso dicho así, como al desgaire, para no entrar en la filigrana de artículos y normas violentadas que nos llevaría a un análisis excesivo de lo que es tan evidente.

Y al final de tantos horrores, el Gobierno premia a esos delincuentes, en términos que todavía desconocemos. No nos han mostrado el documento de rendición que se propone firmar el presidente Duque ante los criminales. Apenas nos hablan de 250 millones de dólares de premio para los delitos cometidos. Nos queda por saber si renunciamos a toda acción penal, lo que sería absolutamente nulo y contrario a la Constitución; si nos obligamos a retirar la fuerza pública de aquellos territorios, necesarios para la siembra y transporte de la cocaína que en ellos pulula; si nos comprometemos a que no habrá vuelos ni aviones de reconocimiento en la zona; si renunciamos al fracking y quedamos condenados a la mendicidad internacional; si renunciamos a las leyes que desarrollan el mundo digital, para terminar en el sótano del universo; en fin, que todavía no están claras las condiciones que 7 mil criminales le imponen a todo el país.

Tarde vino a recordar el presidente Duque que la Constitución lo obliga a obedecer las leyes y velar por su estricto cumplimiento. Pero al parecer no lo recordó del todo o del todo bien. Quienes fueron sus consejeros y asesores, olvidaron algunas cosas que conviene recordar.

El Gobierno no tiene poder discrecional ni reglado para perdonar delitos. El Gobierno no puede renunciar a la reparación de los daños que los delincuentes causen a sus víctimas. El Gobierno no puede convertir en conducta legítima las afrentas al orden público de la Nación. El Gobierno no puede disponer de dinero de la Nación que no esté contemplado en el presupuesto de rentas y gastos ni entregarlo a personas u organizaciones en pago de una extorsión. El Gobierno no puede celebrar tratados o contratos, sino en los casos permitidos en la Constitución y la ley, con las formalidades legales y las finalidades y condiciones que ellas determinen.

Esos detalles, cuando menos, debió tener en cuenta el presidente antes de autorizar a la señora ministra del Interior para un acuerdo semejante. Y eso lo deberá considerar antes de su viaje a la zona de los acontecimientos y de la firma de un papel que mancharía irreparablemente su gestión de gobierno.

Si las cosas son como parecen ser, faltando tanta información que se guarda celosamente en la penumbra, estaríamos a las puertas de un desastre peor que la reunión de la minga y el pacto que la cierra.

Porque lo más grave de todo es el precedente que se crea. El presidente ha salido a decir que esta es la última vez que algo como todo esto va a permitirse. Que se tengan finos los que pretendan hacer lo que hicieron los de la minga. Ya verán los futuros revoltosos. Porque estamos dispuestos a todo, hasta respetar las leyes de la República. Después de este discurso, no atinamos a saber si es hora de reír o llorar.

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