[ECONOMÍA]

El ´gastómetro´

Cuando alguien dice que gana muy poco, cosa que le lleva al alivio impositivo, pero gasta muchísimo ahí hay gato encerrado.

La hacienda italiana cree haber dado con un instrumento de lo más técnico, ocurrente y eficaz para controlar el fraude fiscal. Se llama gastómetro y se basa en el principio económico de que no hay forma de gastar más de lo que se ingresa si dejamos de lado la capacidad de endeudamiento.

Cuando alguien dice que gana muy poco, cosa que le lleva al alivio impositivo, pero gasta muchísimo ahí hay gato encerrado. Un gato negro que lleva a los pagos en metálico, al fomento de la economía sumergida y, en suma, a la merma del Estado por pérdida de los ingresos fiscales.

Eso mismo que el Gobierno italiano ha puesto en marcha lo utilizó en España el régimen del general Franco hace muchísimos años, tantos como para que la gran mayoría de los ciudadanos no haya oído hablar de los signos externos. Se trataba entonces de perseguir la ocultación de recursos por la vía de examinar el tren de vida: el gastómetro pero con otro nombre.

En aquellos años los impuestos de la renta y del patrimonio eran más bien modestos pero como nadie paga de buena gana ni siquiera un duro –sigamos con la terminología de entonces– el engaño fiscal era moneda común entre los españoles. Se corrió la voz de que Hacienda iba a perseguirlo comprobando el nivel de vida, los signos externos, y esa sospecha llevó a que se diesen de baja las tarjetas de crédito, en especial las oro, y los mercedes se cambiasen por automóviles menos ostentosos.

Por supuesto que eso solo afectaba a la clase media que, entonces y ahora, es la única, por otra parte, que paga los impuestos que le corresponden. Los muy ricos recurrían a matricular sus yates en cualquier paraíso fiscal y hacer pasar al servicio por empleados de sus empresas. Como se ve, no hemos inventado nada.

El gastómetro ha recibido severas críticas porque cruzar los datos fiscales con los del gasto supone una invasión de la privacidad. De hecho, es el objetivo que se persigue porque sin entrar en esa parcela oculta el gastómetro no sirve para nada.

En la época de Franco a nadie le preocupaba lo privado porque ni siquiera las bibliotecas personales estaban a salvo en España de que se buscasen allí pruebas para llevarte ante el tribunal de Orden Público, que era como se llamaba el órgano por excelencia de represión ideológica; algo así como el Santo Oficio en plan político-militar. Pero ahora nos hemos creído el cuento de hadas del derecho a la privacidad por más que casos como el de Snowden dejen bien claro que estamos todos bajo la lupa del Gran Hermano con lo que el disimulo se convierte en algo cada vez más difícil.

Para huir de un gastómetro radical habría que comprar de manera anónima, en tandas de mil en mil euros, esconder los bienes de difícil justificación y huir de los mensajes SMS, el correo electrónico y cualquier página rastreable de internet. O eso, o nos convertimos en ermitaños muy acaudalados que contemplan sus tesoros sin hacer otra cosa con ellos. Ese personaje también está inventado. El tío Rico McPato va a volver.

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