Bill Clinton

El hombre que se ama a sí mismo

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El hombre que se ama a sí mismo

La vida ofrece oportunidades para enmendar errores y reparar el daño que se ha hecho. Eso le sucedió al expresidente Bill Clinton recientemente en una entrevista que se emitió en el Today Show, cuando se le preguntó si se arrepentía del episodio que protagonizó hace dos décadas con la entonces becaria Mónica Lewinsky.

Contrario a lo que cabía esperar si se tiene en cuenta la magnitud del escándalo al destaparse su romance en la Casa Blanca con Lewinsky entre 1995 y 1997, visiblemente contrariado, Clinton dijo que no cambiaría nada en lo referente a cómo manejó la situación. Además, puntualizó, no creía necesario disculparse hoy con su ex amante por el modo que se condujo a la hora de enfrentar públicamente el affaire que tuvo con la becaria.

El expresidente pasó por alto que su mentira ante millones de estadounidenses –cuando aseguró sin titubeos que jamás había tenido relaciones sexuales con “esa mujer”— desencadenó un proceso de impeachment que posteriormente se frenó en el Senado. Lo cierto es que mintió, confiado en que podría convencer a la gente de que aquella jovencita había fabricado el romance. Lo que nunca imaginó es que, aconsejada por Linda Tripp, un personaje sin duda tenebroso, Lewinsky conservaría el ya legendario vestido azul con la mancha de semen que incriminó al exmandatario.

Mientras que Bill Clinton sobrevivió a ese escándalo (y a otras acusaciones de acoso sexual por parte de una serie de mujeres), Mónica Lewinski, como una suerte de versión moderna de Hester Prynne en La letra escarlata, quedó marcada, convirtiéndose en blanco de chistes gruesos y la protagonista de anécdotas picantes que circulaban sobre sus escarceos amorosos en los rincones de la Casa Blanca.

El expresidente contó con el renuente apoyo de su esposa, quien era muy libre de perdonarlo. Sin embargo, Hillary Clinton dejó a un lado sus convicciones feministas para demonizar a una becaria de 22 años seducida por un hombre de 49 años que era, además, el jefe de Estado de la primera potencia del mundo. Con su indudable charme intacto y sin pagar por ello en el terreno de su prestigio y su caché, Clinton salió indemne de ese escabroso suceso que casi le costó la presidencia. En cambio, Mónica Lewinsky nunca se repuso ni en el ámbito personal ni en el profesional, pues fue encasillada en el ingrato papel de la amante que se arrojó a los brazos de un tipo poderoso.

Es inevitable hablar del influjo del poder. Fue el propio Clinton quien, en alguna ocasión, cuando se le preguntó por el affaire Lewinsky, dijo que lo había hecho porque pudo permitírselo. Es decir, porque tenía el dominio (y abusó de él) para influir en una subordinada. Una becaria veinteañera que con casi toda probabilidad caería rendida a su voluntad. Y tanto fue el cálculo de un hombre habituado a las infidelidades que, según relató Lewinsky, llegó a persuadir a la joven de evitar la penetración, tal vez temeroso de un embarazo que habría puesto en jaque sus ambiciones, tal y como años después le ocurrió a John Edwards con el nacimiento de un hijo natural que intentó ocultar a la vez que aspiraba a la presidencia.

Estas maniobras con la becaria ponían de manifiesto a un hombre preocupado exclusivamente por su placer y gratificación instantánea, sin importarle demasiado la joven de la que, según testificó Lewinsky, no siempre recordó su nombre. Por eso, pasado el tiempo, en vez de haber reflexionado sobre las implicaciones de sus actos de macho narcisista y egoísta, solo tiene en mente los perjuicios que sufrió y los reveses (lamentándose de los gastos en abogados) que le ocasionó este particular adulterio.

Ciertamente, Bill Clinton tiene un estilo más elegante que el actual inquilino de la Casa Blanca, quien sin el menor apuro en el pasado ha presumido de “agarrar” a las señoras por sus partes más íntimas abusando de su poder. Sin embargo, comparte con Donald Trump la esencia rancia de los varones anticuados que “cosifican” a las mujeres, ajenos a lo que verdaderamente significa la equidad de género y atrapados en la dicotomía de la “putana” y la “madre”. Clinton, que a diferencia de Trump es culto y con probadas destrezas sociales, desperdició la ocasión para dejar a un lado su vanidad y reconocer el daño infligido a aquella joven a la que deslumbró desde su infinito poder. Es evidente que la vejez no siempre nos hace más sabios.

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