[SOCIEDAD]

El idioma propio

El habla humana es uno de los fenómenos más interesantes y misteriosos que existen. A menudo me he preguntado cómo es posible que podamos mantener conversaciones como lo hacemos, sin separar las palabras con pausa alguna y dejando al cerebro que se encargue él de poner orden en las frases. Pero la sorpresa mayor aparece con el proceso de desarrollo de la lengua. Hasta que Noam Chomsky no construyó su teoría de la gramática generativa, resultaba muy difícil explicar cómo aprende un bebé a hablar su lengua materna, sin que nadie le enseñe, en un plazo tan breve.

A los dos años, la mayor parte de las criaturas enerva a sus padres con preguntas interminables y encadenadas acerca de cualquier detalle. Chomsky atribuyó a partir de 1956 esa capacidad a unas facultades innatas. Hoy sabemos que comienzan a funcionar antes de que la lengua aparezca de manera completa. Hace unos años, en 2011, Tyler Perrachione y sus colaboradores indicaron cómo los humanos identificamos a las personas por su voz, y no solo por el tono y el acento sino también por los giros, por las particularidades de su manera de hablar. Esa capacidad aparece muy temprano. A los siete meses, sin capacidad suficiente para entender por completo las frases, los bebés identifican a los hablantes. Pero, de acuerdo con los resultados experimentales obtenidos en ese mismo año de 2011 por Elizabeth Johnson y colaboradores, semejante capacidad solo funciona si se trata de la lengua materna: los niños pequeños son incapaces de realizar la identificación respecto de los hablantes de otros idiomas.

Una investigación llevada a cabo por David Fleming, del Instituto de Neurociencia y Psicología de la universidad de Glasgow (Reino Unido) y publicada en los Proceedings of the National Academy of Sciences ha aclarado alguna de las particularidades que conducen a la identificación de quienes comparten la misma lengua materna. Comparando personas que hablan inglés y de chino mandarín, y sometiéndoles a frases que habían sido alteradas hasta resultar incomprensibles, Fleming y colaboradores concluyeron que tanto los angloparlantes como los chinoparlantes podían identificar a los diferentes locutores pero solo los de su propia lengua.

La comprensión de lo que se dice no tiene nada que ver en este caso. Como indican Fleming y colaboradores, las frases de su experimento eran tan enrevesadas que no podían ser entendidas. Tampoco se entendían, por supuesto, las que pertenecían al otro idioma pero en el primer caso, el de la lengua materna, la discriminación entre los distintos locutores se llevaba a cabo de manera correcta. Eso significa que la familiaridad que tenemos con el idioma propio no se basa solo en el evidente resultado de que entendemos lo que nos dicen. Existe también otro tipo de familiaridad relacionada con la fonología de la lengua que hemos aprendido siendo bebés. Malas noticias para quienes intentamos familiarizarnos de mayores con una lengua extranjera.

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