Donal Trump

La imperdonable debilidad

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Desde que Donald Trump ocupó la Casa Blanca difícilmente transcurre una semana sin sacudidas que ponen de manifiesto el signo errático de una presidencia que se erige sobre arenas movedizas.

Sin ir más lejos, la semana pasada fue un cúmulo de sobresaltos que comenzó con el testimonio explosivo ante el Congreso del exabogado y hombre de confianza del presidente, Michel Cohen, y culminó con la noticia publicada por el New York Times sobre la orden de Trump, contraviniendo las recomendaciones del aparato de inteligencia y de su propio exjefe de gabinete John Kelly, de que se le otorgara a su yerno, Jared Kushner, acceso a información confidencial del más alto nivel.

Sin embargo, más allá del demoledor retrato que Cohen, a punto de ingresar en prisión, hizo de su antiguo cliente y de las nuevas informaciones que corroboran la telaraña de intereses familiares que ha tejido Trump, lo más chocante fue lo que el mandatario estadounidense dijo en Vietnam poco antes de regresar a Washington.

Tras una segunda cumbre con el dictador norcoreano Kim Jong-un que en vez de acabar en un pacto acabó en un desencuentro mutuo, en una rueda de prensa celebrada en Hanoi el presidente sorprendió a más de uno a la hora de responder a la pregunta que le hizo un periodista al señalarle si, en vista de que ha descrito su relación con Jong-un como “cercana”, en alguna de las dos reuniones (la primera tuvo lugar en Singapur) le había exigido al gobernante norcoreano explicaciones sobre el encierro y la muerte del estudiante estadounidense Otto Warmbier, quien permaneció preso en Pionyang 17 meses antes de ser devuelto a su país en estado comatoso y agonizante.

Sin el menor titubeo Trump excusó a Kim Jong-un, asegurando que está convencido de que “no estaba al tanto” del terrible maltrato que había sufrido el joven a lo largo de un cautiverio que comenzó en los primeros días de enero de 2016 y cuya vida se apagó el 13 de junio de 2017 en un hospital de Ohio, donde sus padres tomaron la dolorosa decisión de desconectar el cuerpo inerte del hijo que habían recuperado con daños cerebrales irreversibles. El presidente resaltó, “Él me dijo que no lo sabía y yo le creo”. Luego prosiguió a contestar más preguntas.

“Él” es el heredero de la dinastía familiar que desde 1948 gobierna con el más cruel y férreo control el destino de los norcoreanos. Kim Jong-un es el líder supremo de una de las dictaduras más herméticas del mundo que intermitentemente amenaza con desatar una guerra nuclear. Con gran parte de la población viviendo en condiciones infrahumanas, el régimen totalitario de Pionyang condena a muerte a los disidentes o los confina en campos de concentración. Los extranjeros que se aventuran a visitar la capital norcoreana corren el riesgo, tal y como le sucedió a Warmbier, de ser apresados arbitrariamente.

Atraído por la publicidad engañosa de una agencia de viajes china que anunciaba los supuestos encantos de un país “prohibido”, Warmbier, un estudiante que cursaba su segundo año en la Universidad de Virginia, se apuntó a una excursión para celebrar Nochevieja en Pionyang. Pero antes de tomar el avión de regreso unos oficiales se lo impidieron bajo la acusación de que había robado del hotel un póster de propaganda, delito considerado de “alta traición” por la dictadura de Jong-un.

A partir de ese momento comenzó el circo de las mentiras que convertían al estudiante en un peligroso agente de la CIA con la intención de espiar para el “enemigo”. El régimen se encargó de divulgar un video en el que el aterrorizado rehén se autoinculpaba. Una sucia artimaña propia de dictaduras como la que imperan en Cuba, China y Venezuela. Fueron inútiles las gestiones del gobierno de Obama y en cuanto a las de la administración Trump, lo que se logró fue el retorno del joven en estado terminal. Irreconocible y mudo. Otto Warmbier se llevó a la tumba la verdad del suplicio que padeció en manos de tan brutal tiranía.

¿Cómo es posible que el presidente Trump dé por buena la palabra de Kim Jong-un y se refiera a él como un “amigo” con quien mantiene una “cálida” relación? Claro está, hablamos del mismo hombre que pone en duda que el sanguinario príncipe de Arabia Saudita estuviera al tanto del descuartizamiento del periodista Jamal Khashoggi en la embajada de ese país en Estambul. El mismo que jamás le ha dicho a la cara públicamente a su “amigo” Vladimir Putin que los sicarios del Kremlin se dedican a matar a críticos del gobierno con agentes químicos.

De todas las faltas de Trump, su debilidad por los dictadores más abyectos dice mucho de su falta de fibra moral.

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