[CONFLICTO EN SIRIA]

Contra la intervención

Por más repugnancia que nos cause ver las macabras escenas de la guerra civil en Siria, un ataque estadounidense a las instalaciones militares no resolvería el problema en ese país.

Utilizando argumentos morales e imperativos estratégicos, el presidente Barack Obama intensificará esta semana su campaña para convencer a la opinión pública y al Congreso que Estados Unidos debe castigar militarmente al régimen de Bashar al Assad con o sin el apoyo de países aliados o de Naciones Unidas. Para Obama el uso de armas químicas para asesinar a millar y medio de personas, entre ellos casi 500 niños y niñas, es un crimen contra la humanidad y una afrenta moral que no debe pasar inadvertida por el mundo civilizado.

Así lo ha dicho en su audiencia ante el Senado el secretario de Estado, John Kerry, al expresar su repudio al uso de armas químicas, “el tema para el voto del Congreso es el apego a las normas y las leyes del mundo civilizado. Si no le respondemos a Al Assad hoy, estaremos erosionando los estándares que han protegido a nuestras tropas durante un siglo”.

Obama, por su parte, ha dejado en claro que él comparte el viejo dogma de fe expresado por todos los Presidentes estadounidenses de que “a Estados Unidos le corresponde desempeñar el papel protagónico en la preservación del orden mundial que creamos después de la Segunda Guerra Mundial”. Un papel protagónico que ha venido transformándose con la auto adjudicación de nuevas obligaciones. En la década de 1990, por ejemplo, Estados Unidos se asigna la obligación moral de intervenir, a veces con éxito y otras fracasando, en los conflictos internos de otros países cuando juzga que en ellos se cometen atrocidades contra la población civil. A principios del siglo XXI Estados Unidos deja a un lado el principio de la “intervención humanitaria” y favorece el de la “imposición de la democracia” a cañonazos. En 2011, Estados Unidos abandona a un puñado de dictadores que habían sido sus fieles aliados por décadas y colabora, en distinta medida, con los ciudadanos que derrocan a sus respectivos déspotas en Túnez, Egipto, Libia y Yemen. El desenlace de la primavera árabe en estos cuatro países sigue siendo un enigma y sus inciertos resultados obligarían a cualquiera a proceder con cautela en el caso de Siria.

Este es el contexto en el que se da el planteamiento para intervenir militarmente contra Al Assad, pero señalando que existen también importantes razones de estrategia geopolítica para hacerlo. Por un lado está el argumento de la credibilidad en la palabra del Presidente de Estados Unidos sobre todo vis a vis Irán y Corea del Norte, dos países que han recibido ultimátum semejantes de Obama. El argumento central en favor del ataque parte de esta pregunta: ¿Si Obama no ataca las instalaciones militares de Al Assad, quién le va a creer que atacará las instalaciones nucleares de Irán o de Corea del Norte? En el corazón de este argumento está Israel y la hostil región en la que se localiza. Aunque Estados Unidos le ha prometido protegerle de un ataque de sus enemigos, al Estado judío le preocupa que el gobierno teocrático de Irán, que de forma arrogante y arbitraria pretende negarle a Israel su derecho a existir como nación en Palestina, llegue a desarrollar armas nucleares con las cuales podría atacarlo.

Por más horror que me cause ver las macabras escenas de la guerra civil en Siria no creo que un ataque estadounidense a las instalaciones militares de Al Assad resolvería el problema y sí creo que lo agravaría. Tampoco creo que dicho ataque convencería a Irán o a Corea del Norte a que abandonen sus ambiciones nucleares. Solo una negociación política adecuada podría, quizá, convencerles.

Por otro lado, es posible que el mundo necesite un policía pero es inaceptable que un solo país se autonombre al puesto. La intervención unilateral debería ser condenada universalmente y debería establecerse un protocolo que especifique que solo se podrá intervenir militarmente en un país cuando exista un consenso mayoritario, no universal, en Naciones Unidas. Y si en verdad queremos que se evite el uso de armas químicas, yo pienso que habría que insistir por la vía pacífica de la negociación en la proscripción de las armas químicas imponiendo sanciones económicas sustanciales a aquellas compañías que venden los precursores necesarios para fabricarlas.

Por último, creo que es imprescindible erradicar la extravagante y peligrosa idea de que la democracia es exportable a punta de cañonazos.

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