Dictaduras

El invierno bolivariano

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Fracasa el diálogo en Nicaragua. Daniel Ortega no quiere adelantar las elecciones, e irse antes. ¿Alguien pensó, por ventura, que iba o va a ser de otra manera? Lo que se negocia es la salida de Ortega, como exigieron los estudiantes. Si no ¿qué ? ¿Que se disuelva el parlamento orteguista o la justicia orteguista y que se investigue la corrupción, comenzando por el matrimonio presidencial, todo ello con Ortega al mando? Es ridículo, como es iluso creer que Ortega o Maduro o Evo Morales van a dejar el poder. No encaja en la doctrina castrista y además están bien advertidos de cuál sería su futuro con solo observar lo que pasa con Lula, Cristina Kirchner y Rafael Correa. A estos dos últimos mejor que a aquel, y ello se debe a que “todavía hay jueces en Brasil”, lo que no podría afirmarse con total seguridad respecto a Argentina y Ecuador ( los dos “ex” en cuestión todavía mantienen alguna gente bien colocada). Hay que esperar.

Ni soñar con una “primavera” bolivariana. La “primavera árabe” implicó la caída del dictador tunecino Ben Alí, 13 años en el poder; del egipcio Hosni Mubarak, 30 años como dictador; de Muamar Gadafi, una tiranía de 42 años, y de Ali Abdullah Saleh, quien llevaba 21 años al mando de Yemen. Pero el mandamás sirio, Bashar Al Assad, con 20 años como dictador, no fue sensibilizado por el clamor popular y las manifestaciones y cargó contra los disidentes. Generó una guerra civil y hoy son más de 300 mil las muertes.  Assad sigue en el poder y a él no le importa. Él decidió mantenerse a sangre y fuego y en ello cuenta con el apoyo de Rusia, China, Irán y Cuba. Los mismos que respaldan a Maduro y a Ortega.

Maduro y su equipo fueron los primeros en aplicar el método Assad y ahora con más entusiasmo lo hace Ortega. Aquel pudo haber tenido una salida al principio y hoy no tiene alternativa. ¿Qué hace? ¿A dónde va a ir? Y mejor dicho, van a ir, porque es todo un paquete en el que los que lo componen tienen las puertas y  las cuentas cerradas en todos lados. Y cada vez son más los “embargados”.

Ortega aún tendría un pequeño chance para “arreglar” su salida. Es notorio que no le tienta mucho y prefiere el “método” sirio.  Pero es más que ello, es la esencia de la doctrina castrista y marxista-leninista: puestos en el poder, este no se cede jamás. Fidel advertía a sus más allegados, para justificar el ajusticiamiento de sus propios camaradas y compañeros de lucha, que para evitar cualquier conspiración lo importante frente a quien alienta esa intención o ese sueño es arrancárselo de la cabeza, y la cabeza también. Ese era el criterio de Fidel, quien ejemplificaba, además, con su propio caso:  “si nosotros en menos de dos años derrocamos a una de las dictaduras más fuertes, cualquiera puede creer que sacarnos a nosotros es mucho más fácil, pero que ni lo piensen”. Entonces inventó el paredón.

Castro inculcó todo esto a Chávez –Maduro es un títere menor- y a Ortega. Pero ya en otros tiempos, en los que resulta más difícil aplicar  a rajatabla la tesis de Fidel de no hacer elecciones y nada de libertad de prensa. Ha sido preciso realizar simulacros, que es lo que ha pasado en Venezuela, Nicaragua, y también en Bolivia e incluso Ecuador, aunque ahí a Correa le falló la carambola.

Pero simulacros hasta ahí. En lo de ceder el poder nada de simulaciones y cosmética. En Venezuela se habla de crímenes de lesa humanidad. En Nicaragua puede ser peor aun. Más de 200 muertos en dos meses. No hay que descartar que esta política represiva, descarada y desaforada de Ortega derive en una guerra civil.

Es preciso buscar una salida, que evite la guerra. La OEA esta en ello -en búsqueda de una solución negociada- y a esta altura de los acontecimientos, parece ser la única alternativa que resta. La fórmula pasa por elecciones libres con todas las garantías y, ya ineludiblemente, un acortamiento del mandato de la dupla Ortega-Murillo. La Iglesia habla de elecciones el año próximo.

Los estudiantes dicen que Ortega se vaya ya.

Una buena parte de los nicaragüenses sería menos intransigente, pero siente que si le dan un tiempo, Ortega no va a honrar lo que se acuerde, sean quienes sean los garantes y patrocinantes. Es decir, que Ortega no renegará de la doctrina y, como el alacrán, terminará infectado por su propio veneno.

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