[ACCIDENTE]

Al otro lado de la curva

En mis recuerdos los recorridos en tren aparecen como momentos de tranquila felicidad. La línea elegante del Ave se desplaza como una bala metálica en el paisaje. Avanza muy rápido, pero en el interior del vagón no se siente la velocidad, sino la suave oscilación del movimiento.

Muy distinta es la imagen del tren Alvia, que el miércoles se descarriló en una curva, cuando apenas quedaban cuatro kilómetros para que sus pasajeros llegaran a Santiago de Compostela en víspera de la celebración del santo patrón. En un instante la bala silenciosa se pulverizó en el estruendo de un golpe mortal. Luego se hizo la oscuridad y el caos.

Antes del trágico siniestro que se ha cobrado la vida de casi 80 personas y ha puesto al borde de la muerte a otras 60, en el tren rápido que desde 2012 hacía la ruta Madrid-Ferrol nadie podía imaginar que en el recodo colindante con el barrio de Angrois los sueños se iban a reducir a un amasijo de hierro. Bastó un cambio inexplicable y súbito de velocidad para que el destino diera un vuelco. Unos segundos antes, muchos de los pasajeros anticipaban el alborozo de llegar a la estación, para no perderse la gran fiesta en una tierra hospitalaria con los peregrinos que recorren el Camino de Santiago.

Fue una madrugada larga, interminable, en la que los periodistas se buscaron en las redes sociales para intercambiar datos, contactar freelancers en la zona afectada, actualizar las cifras que tristemente iban aumentando. Los vecinos del área no perdieron tiempo en ayudar y reconfortar a las víctimas. Y en el espacio virtual donde se dieron cita los que debían informar y estar al pie de la terrible noticia, se tejió una fraternidad en la que no primó la habitual competencia, sino el deseo de que tan grande pesadilla acabara pronto porque divulgarla dolía.

De todos los medios de transporte de los que disponemos el tren es particularmente placentero, sobre todo los que ahora circulan en las vías ferroviarias de Europa. Son rápidos y sofisticados como gacelas mecánicas. No conllevan el estrés de estar al volante de un coche. Ni provocan la sensación de vacío que se siente en un barco rodeado de mar. O la inevitable vulnerabilidad que suscita una aeronave suspendida en las nubes. En el tren se pasea de vagón en vagón y la travesía invita a la conversación distendida, o a perder la vista en el paisaje que se emborrona a medida que avanza la máquina. Sobre todo, se viaja confiado en que el maquinista circulará por las vías con la seguridad que da repetir una y otra vez el mismo recorrido, como cuando de niños jugábamos con el tren que nuestros padres montaban la noche de Navidad. El pasado 24 de julio saltaron por los aires todas las ideas románticas y literarias de un viaje en tren. Faltaba muy poco para arribar a la estación. En los vagones se podía escuchar la algarabía de los jóvenes que se sumarían a las celebraciones. Familias enteras. Turistas ilusionados. Era la víspera de la fiesta de Santiago Apóstol. Una noche de verano. Al otro lado de la curva se apagaron las estrellas.

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