[SOCIEDAD]

En la memoria

La muerte en el mismo día de dos mujeres notables, Sara Montiel y Margaret Thatcher, llevó a un conflicto para los diarios. Debían elegir estos cuál de las dos noticias merecía ser más destacada. El periódico de mi ciudad, el Diario de Mallorca, colocó a cuatro columnas una fotografía de la actriz que refleja de la manera más exquisita lo que supuso Sara –para mi generación, al menos– y relegó a un suelto menor la referencia a la Dama de Hierro. Otros periódicos de España resolvieron la doble desaparición al revés: concediendo el lugar de honor a la Thatcher y dejando para Sara Montiel las sobras. Allá cada cual con sus propias ideas acerca de lo que es noticiable y lo que no, pero la pregunta que cabe hacerse es en qué medida el acontecimiento fúnebre del día era el de la pérdida de una u otra de las dos mujeres. Qué interesa a los lectores del diario, vamos. Si hablamos del peso relativo en Mallorca –o en Madrid, o en Panamá, ya que estamos– de Sara Montiel frente a Margaret Thatcher, poca discusión cabe. Pero si nos queremos poner en plan exquisito, invocando razones morales o políticas, la diferencia a favor de la actriz manchega es aun más grande. Las razones por las que la labor de la señora Thatcher es despreciable las resumieron a la perfección los que recordaron episodios de su vida política como el del amparo a Pinochet.

Volvamos a Sara y a su fotografía de la portada del diario de mi tierra. Con la mirada intensa, los labios firmes, un cigarrillo entre los dedos índice y medio de la mano derecha y los de la izquierda cubiertos de pedrería, era la estampa misma que cualquiera de los numerosos directores de cine que tuvo podría haber firmado. Es probable que lo hiciese; la ilustración no daba fe de su procedencia, pero coincide del todo con los recuerdos que mantenemos de la Sara mejor. De eso se trata: ¿qué imagen cabe sacar a la luz cuando alguien muere? ¿La de sus últimos años, decrépitos e inevitables para quien logra vivir lo bastante, o la que contribuyó a abrir fronteras y levantar pasiones?

El Reino Unido cuenta con una estatua de homenaje a Winston Churchill situada en el mejor de los emplazamientos posibles: casi al pie del Big Ben, en la plaza del Palacio de Westminster, donde tantos días de gloria acumuló. Pero en un arrebato difícil de entender, Ivor Robert-Jones, autor del bronce, representó a un Churchill encorvado, vencido casi, que se sostiene de pie solo gracias a la ayuda del bastón. Ese no es Churchill, no es el Winston Churchill que se enfrentó a Hitler y le ganó la partida ofreciendo a sus ciudadanos, como única receta válida, sangre, sudor y lágrimas. Quienes, sin haberlo conocido, contemplen la estatua de la plaza del Parlamento se llevarán una idea equivocada del personaje, tan alejada de la realidad como del recuerdo que mantienen de Churchill quienes vivieron los años de su gesta.

Con Sara Montiel o con cualquier ícono de los que nos van dejando sucede lo mismo. No cabe relacionarlos con el despojo del último instante. Lo que se debe recordar es aquello que les llevó a la cima, lo que queda cuando todo lo demás se ha desplomado.

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