[EN LA CORTA DISTANCIA]

El miedo pánico

El miedo es el más común de los sentidos y quienes no lo hayan padecido con pánico, por lo menos alguna vez en su vida, no son más que unos inconscientes.

Hay mucha gente en el mundo que, con toda razón, han comenzado el año con miedo pánico. Unos a la guerra inmediata, otros a la muerte de al lado; unos a la enfermedad que asalta sin remedio, otros a la noche interminable de la ruina económica; unos a perder el trabajo, otros a no tenerlo ya para nunca jamás; algunos, que no tienen miedo, se buscan algún elemento sustitutorio y común, que los haga estar al lado de los demás.

El miedo es el más común de los sentidos y quienes no lo hayan padecido con pánico, por lo menos alguna vez en su vida, no son más que unos inconscientes, es decir, unos valientes pésimamente informados del mundo, el demonio y la carne.

No se trata de tener miedos menores, esos que se filtran en el alma cuando entramos a un quirófano dormidos de antemano, pero con la última conciencia de poder entrar y tal vez no salir nunca más de ese antro donde nos salvan la vida o la perdemos. O cuando cruzamos una gran avenida de forma imprudente y a medio camino nos damos cuenta de que estamos en un tris de perder la vida que tanto queremos.

Se trata del miedo pánico, un miedo sin sentido, una suerte de bicho horroroso que penetra la médula de la memoria y la voluntad y se instala en lo más hondo de nosotros, donde ni siquiera nosotros llegamos a ordenar las cosas, para hacerse dueño de esa misma memoria y esa misma voluntad que nosotros hemos pensado hasta entonces que son nuestras.

Esa sensación de acabamiento la sufrí a los 58 años de edad por primera vez. Los médicos que me trataron con premura me dijeron que era una enfermedad de juventud, que iba y venía al libre albedrío del bicho y que a mí, “que eres fuerte psicológicamente” (eso me dijeron entonces), me iba a durar más o menos un año. Nunca creí que saliera del trance fortalecido y con el bicho domeñado. Ya no dejo que el miedo pánico me acaricie con cariño en momentos de soledad y de tristeza, ni le permito que domine ni por un segundo mi voluntad de permanecer libre y en la vida hasta más allá de los 100 años de edad, saludable y riéndome a carcajadas como hasta hoy.

El caso es que el bicho entró entonces hasta el fondo de mi alma sin pedirme permiso. Primero como una simple inquietud de la piel, inexplicable e incómoda. Después, como lo que fue de verdad: un trastorno obsesivo compulsivo. Terminé, en ese proceso terrible, por no salir de mi habitación, creer que me había arruinado (yo que siempre he pensado que estoy arruinado de por vida), que nunca más saldría de aquel agujero negro donde había entrado y donde el miedo pánico actuaba durante siete u ocho horas al día, dejándome exhausto y sudoroso sobre mi propio camastro por otras ocho horas de sueño. Porque esa fue una de las glorias que el bicho no pudo pisotear: mi sueño. Lo perdí todo, no tuve visión de nada por una temporada, pero jamás perdí el sueño. Dormía, al final de la lucha, como un niño que había jugado hasta agotarse con el peligro de la vida. Pero al día siguiente, lo que William Styron llamó “esa visible oscuridad” se hacía presente una vez y el miedo pánico tomaba la manija de mi voluntad, me imponía las gafas de lentes oscuros y todo lo veía negro hasta que volvía a agotarme y a dormir cansadísimo por unas cuantas horas.

Los médicos me dijeron que verbalizara todo cuanto me pasaba: que discutiera el miedo pánico conmigo mismo y luego me enfrentara a él como el Quijote a los molinos de viento. Porque el miedo no es más que un leonino de viento que se nos agiganta por algún proceso psíquico escapado de nosotros mismos y que, por despiste o incapacidad, no podemos dominar. Todo se acaba con la voluntad de vivir, con fijarse en la belleza de las cosas de nuestro alrededor; con observar que gente menos feliz que nosotros aguanta lo que le eche la vida por delante y jamás sucumbe a sus propios desgastes y tentaciones.

Se trata, y de eso hablo frente al miedo pánico, de un elemento genial que la vida nos ha dado y que hay que cultivar como un músculo sobresaliente: la resistencia. Cuando somos dueños de esa resistencia, los miedos y los pánicos saltan por la ventana, son ellos los que cogen miedo de nosotros y la resistencia y nosotros nos hacemos mucho más fuertes frente a esos tres elementos que nos dan la existencia de cada día, buena, mala, regular o medio pensionista.

No sé si el que resiste gana, como decía Cela, pero sé que el que resiste sobrevive a sus propios miedos pánicos con una fuerza descomunal, algo grande que forma parte del alma hasta el final de nuestros días.

Comentarios

Cerrar

La función de comentar está disponible solo para usuarios suscriptores. Lo invitamos a suscribirse y obtener todos los beneficios del Club La Prensa o, si ya es suscriptor, a ingresar.

Suscríbase gratis por 30 días Prueba
Adquiera un plan de suscripción Suscríbase
Cerrar

Por favor introduzca el apodo o nickname que desea que aparezca en sus comentarios:

Comentar 0 comentarios

Los comentarios son responsabilidad de cada autor que expresa libremente su opinión y no de Editorial por la Democracia S.A.

Por si te lo perdiste

Última hora

Pon este widget en tu web

Configura tu widget

Copia el código

Loteria nacional

18 Jul 2018

Primer premio

5 9 6 0

CABC

Serie: 19 Folio: 9

2o premio

3358

3er premio

4744

Pon este widget en tu web

Configura tu widget

Copia el código

Caricaturas

Pon este widget en tu web

Configura tu widget

Copia el código