[ESTADOS UNIDOS]

El mito de la defensa armada

El número de instancias en las que un ciudadano usa un arma contra un delincuente es mucho menor al de homicidios, suicidios y muertes accidentales que suceden en casas donde hay armas.

El nombre de Adam Lanza, el muchacho estadounidense de 20 años de edad que asesinó a sangre fría a 20 niños de seis y siete años de edad y a seis adultos disparándoles 154 balas en menos de cinco minutos, ha vuelto a los titulares de los periódicos. Esta vez por la desmesura del arsenal que las autoridades encontraron en un cateo a su casa y que apenas la semana pasada fue hecho público.

Además del fusil de repetición y las dos pistolas que yacían junto a él en el jardín de niños de Newtown, de otro rifle semiautomático que guardaba en la cajuela del auto y del rifle con el que asesinó a su madre y que permaneció en su recámara, las autoridades encontraron en la residencia dos rifles más, otra pistola, unos mil 500 cartuchos de munición, cuchillos, una bayoneta y tres espadas de samurai. Había, además, dos certificados de tiro de la Asociación Nacional del Rifle, uno para la madre y otro para el hijo. También encontraron que dentro de una tarjeta de felicitación por su cumpleaños había un cheque para que Adam se comprara otra arma de fuego. Sorprendentemente, quienes conocían a la madre dicen que, a pesar de los evidentes problemas que el muchacho tenía, ella nunca sospechó que su hijo tenía instintos asesinos. Más aún, según dijo una pariente, la madre, Nancy Lanza, empezó a comprar armas porque le divertía practicar el tiro al blanco acompañada de su hijo, pero sobre todo para protegerse de los criminales.

Curiosamente, en el bucólico pueblo de Newtown de apenas 2 mil habitantes, el índice de criminalidad es uno de los más bajos en el estado de Connecticut y enormemente más bajo que el índice nacional. Entre 2005 y 2010, por ejemplo, en el pueblo hubo un asesinato, cuatro robos, 10 violaciones, 21 robos de vehículos y unos cuantos actos delictivos menores.

Sin embargo, la razón aducida por Nancy Lanza para hacerse de un arsenal no es inusual. La mayoría de los estadounidenses que tienen armas en su casa dicen que las compran para protegerse. Contrario a la creencia popular de que es en los grandes centros urbanos donde la ciudadanía se arma para defenderse de las pandillas que proliferan por las grandes urbes, como por ejemplo en Los Ángeles, Chicago o New York, es en las ciudades y poblados rurales del sur del país como Louisiana, Carolina del Sur, Mississippi, Missouri, Arkansas y otras donde la creencia en el mito de la protección está más acendrada. Y no es casualidad que sea precisamente en estas ciudades y pueblos donde existe la mayor oposición al control racional en la venta de armas.

En Estados Unidos, cada hora mueren tres personas por arma de fuego y las tragedias que constantemente enlutan al país son una epidemia que brota en universidades, secundarias, jardines de niños, cafeterías, oficinas de correos, cines, plazas públicas, cuarteles militares y templos. En los últimos 30 años ha habido 62 matanzas masivas de gente inocente a manos de un asesino que compró sus armas legalmente.

Y es precisamente por el enorme peso de la realidad que resulta incomprensible e imperdonable la inacción del Congreso para aprobar una ley que imponga un mínimo control racional a la venta de armas. Nadie, ni el presidente Barack Obama, ni la senadora Diane Feinstein ni el alcalde de New York, Michael Bloomberg, los tres líderes que encabezan la lucha contra la Asociación Nacional del Rifle y sus cómplices en el Congreso aboga por medidas radicales para restringir la venta de armas. Lo único que piden ellos es que se extienda el registro de antecedentes personales para la venta de armas, se prohíba la venta de rifles de asalto y se limiten los cargadores a 10 cartuchos.

Durante el cateo a la casa de Lanza, las autoridades hicieron un escalofriante descubrimiento, un recorte de The New York Times que describía una matanza en la Universidad de Illinois. Una evidencia que reafirma una tendencia que la policía ha descubierto en otros casos según la cual el asesino estudia los detalles de anteriores matanzas con el ánimo confesado de superarlas.

Así las cosas, lo que la ciudadanía debe hacer es confrontar a sus representantes con los datos duros de la realidad para que salgan de la parálisis y aprueben ya una ley que mitigue un poco el riesgo de nuevas tragedias masivas e individuales.

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