Educación y valores

Cuando los modales no le importan a nadie

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Un gilipollas con afán de notoriedad ha pintarrajeado una de las esculturas que forman los altorrelieves del siglo XII del pórtico de la catedral de Santiago de Compostela. La gracia ha consistido en ponerle ojos y bigotes a la efigie para hacer que se parezca (es un decir) al batería de un grupo de rock duro que actuó hace poco en el festival Resurrection Fest de Viveiro (Lugo, España).

De resurrección estamos hablando porque el pórtico románico había recuperado su aspecto inicial tras cinco años de trabajo de los restauradores en los que la catedral a la que van decenas de miles de peregrinos de todo el mundo estuvo plagada de andamios. Pero cinco años, e incluso nueve siglos, pueden destruirse con toda facilidad sin más armas que un espray y una ausencia absoluta de modales.

Las autoridades tanto gallegas como españolas han calificado de acto vandálico la pintada y de bárbaro a su autor. Creo que le dan demasiado crédito. Los bárbaros cambiaron la historia del mundo acabando con el Imperio romano; el gracioso del pórtico no llega a tanto. Se queda en imbécil, si hay que recurrir a un diagnóstico médico, y en gilipollas, ya digo, si solo se trata de calificarlo en términos populares. Pero lo peor de la historia es que pone de manifiesto hasta qué punto estamos a merced de cualquier idiota que se aburre y quiere salir en la prensa.

La edad, da igual; el sexo, por supuesto. La única condición necesaria, y hasta suficiente, es la falta absoluta de luces. O, dicho de otro modo, el no haber contado con la educación que enseñaba antes a comportarse. Si la falta de modales era en España, hace una generación o dos, motivo de rechazo social, ahora se ha vuelto un drama porque son los nuevos bárbaros, los que carecen por completo de la capacidad para actuar con arreglo a las normas de lo que se conocía antes por civilización los que tienen hijos y, por supuesto, no dedican ni un solo momento a enseñarles modales. Todo lo más, creen que es el colegio quien ha de encargarse de la educación y hasta se permiten agredir a los maestros si riñen o castigan a los retoños de la barbarie.

Así nos va porque el añadido de las redes sociales convierte la ausencia total de normas en motivo de presunción. Mucho me equivocaría si la pintada del pórtico románico no ha sido protagonista de alguna que otra red mensajes, siempre con el orgullo como añadido peor. No recuerdo quién dijo que se comenzaba con el asesinato y se terminaba por perder los modales, pero igual no era un sarcasmo.

El gilipollas de Santiago de Compostela es el ejemplo de lo que es ya una realidad, dando la razón a las autoridades culturales (vaya oxímoron). Cuando la estupidez prolifera se llega a la nueva barbarie, la que no va a terminar con ningún imperio sino con algo mucho más crucial: con nuestra forma de ser y de comportarnos. Cuando los modales no le importan ya a nadie, la batalla está perdida y en la guerra no queda ya esperanza.

El autor es escritor

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