[VOLVER A LA NORMALIDAD]

La mujer sin maquillaje

Tal vez sin proponérselo, Hillary Clinton se ha reinventado en una versión mejorada, más trasparente, relajada y con el dibujo en sus labios de la sabia melancolía.

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Fue la primera presentación en público de Clinton desde que reconoció la victoria de Donald Trump. Fue la primera presentación en público de Clinton desde que reconoció la victoria de Donald Trump.
Fue la primera presentación en público de Clinton desde que reconoció la victoria de Donald Trump. AP/Cliff Owen

En cuestión de horas, la vida de Hillary Clinton dio un vuelco radical. En la mañana del pasado 8 de noviembre todo parecía indicar (o al menos eso señalaron las engañosas encuestas) que podía convertirse en la primera mujer presidente del país. Sin embargo, esa misma noche pasó a la historia como la mujer que no alcanzó a ser la primera mandataria de Estados Unidos.

Después de una amarga derrota que le ha dejado el consuelo de haber ganado el voto popular por más de 2.6 millones de votos, Clinton apenas ha sido vista en público. Pocos días después de la debacle, surgió en Facebook una foto en la que aparecía junto a una joven que se la encontró haciendo senderismo en los alrededores de Chappaqua, Nueva York, donde reside la ex secretaria de Estado. La mujer que vimos en esa instantánea era muy distinta a la que durante más de un año de campaña electoral lució milimétricamente arreglada con sus ya clásicos conjuntos de chaqueta y pantalón. La candidata circunspecta con el collar de perlas que apela al discreto encanto de la burguesía.

La Hillary poselectoral caminaba por el bosque del brazo de su esposo con la cara lavada y sin reparo de mostrar las huellas del agotamiento, del profundo desencanto, de los años que se le agolparon en los surcos de su rostro. Y desde entonces en sus apariciones, algunas inesperadas como en una librería de Rhode Island y otras en contados actos públicos, su sello ha sido el de la naturalidad despojada de las máscaras, los corsés, la aparatosa dramaturgia de la política.

Hillary Clinton ya no tiene nada que demostrar porque vive con la certeza de que lo que exhibió (su dilatada trayectoria, sus vastos conocimientos, su probada experiencia) no le sirvió de nada. Ahora, tal vez por primera vez en su vida, es completamente libre, y cuando se despierta en las mañanas no hay reuniones a las que acudir, rivales a los que enfrentarse o ambiciones que perseguir. Basta con caminar largas horas y perderse en los senderos que la reconducen a su propia identidad, ya desnuda del bagaje de tantos años. Las expectativas que no se cumplieron. También, por qué no, la satisfacción íntima de que algo más de la mitad de quienes acudieron a las urnas votó por ella.

Fue competitiva, afanosa y feminista desde el principio. La primera de la clase y la muchacha universitaria de la que quien sería su esposo llegó a decir que era la mejor y más preparada de su generación. En los debates brilló más que sus oponentes masculinos y tenía un claro concepto de cómo organizar un gobierno. También ha sido esquiva, codependiente en su matrimonio, opaca y por momentos distante. En la balanza, sus defectos y debilidades pesaron más que todas sus virtudes y destrezas.

Hace unas semanas, frente a una audiencia que la aplaudió cálidamente, Clinton dijo con franqueza y evidente tristeza que su primer impulso ha sido el de permanecer en la cama y no volver a salir de casa. Pero han sido esas prolongadas caminatas al aire libre las que le han devuelto, poco a poco, el color en las mejillas. Una existencia nueva y muy diferente a lo que nunca imaginó. Creyó que volvería a la Casa Blanca no como primera dama, sino como jefa de Estado. Pero regresó a su hogar con el fracaso a cuestas, las persianas echadas, el sabor a estopa del desaliento.

Tal vez sin proponérselo, Hillary Clinton se ha reinventado en una versión mejorada, más transparente, relajada y con el dibujo en sus labios de la sabia melancolía. Ya no hay que ponerse armaduras para salir a pelear contra molinos de viento. Washington hoy es un lugar más distante que el ilusorio reino de Brigadoon. Ahora solo es real la mujer sin maquillaje que da largos paseos en el invierno de Chappaqua.

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