[PERÚ]

En un mundo conflictivo

Nuestra vorágine política, intensa y frustrante, relega a un segundo plano la coyuntura internacional, cuya evolución es tan determinante para posicionarnos en el escenario global. Por ejemplo, la descarada prepotencia de Rusia en Ucrania y las provocaciones de China en varias islas que disputa con sus vecinos asiáticos pueden tener efectos inusitadamente importantes para el Perú.

En nuestra cuenca marítima –el océano Pacífico– Obama ha visitado Tokio para reforzar una alianza estratégica que compromete el poderío nuclear estadounidense en la defensa del Japón frente a China y Rusia (ambas le disputan islas circundantes), y para desatorar las negociaciones del Acuerdo Transpacífico, empantanado porque Tokio insiste en excluir varios productos sensibles del libre comercio en ese gran mercado. Esperemos que la presión estadounidense doblegue el proteccionismo japonés en beneficio de un acuerdo que multiplicaría exponencialmente el intercambio entre muchos ribereños del Pacífico, y, por tanto, las exportaciones del Perú.

Entre EU y Europa crece la prioridad de concretar el Acuerdo Transatlántico sobre Comercio e Inversión, cuyos efectos serán parecidos a los del Plan Marshall, firmado después del zarpazo de la URSS en Checoslovaquia en 1948 (que inspiró las anexiones de Putin en Ucrania). Ese acuerdo, que se está negociando febrilmente, no solo dinamizará la recuperación europea sino que significará un poderoso renacimiento de Occidente, repotenciado por la economía, la democracia y los valores que nutren su civilización y su prestigio. No debemos desligarnos de ese Occidente que es el origen de nuestras tradiciones e instituciones políticas más respetables.

Estos fuertes oleajes coinciden con la recuperación económica global y la revitalización de algunas negociaciones trascendentales de la OMC: un acuerdo sobre servicios y otro que rescataría lo que se ha podido avanzar en algunos aspectos de la decepcionante Ronda de Doha.

Y coinciden también con las recientes giras del Presidente chino y el Canciller ruso a algunos países de América Latina, cada vez más valorizada en el conflictivo ajedrez geopolítico de las grandes potencias. Nuestros intereses económicos con China y Rusia no ocultan que ambos persiguen el objetivo de debilitar a EU y su influencia global en todos los campos. Aunque actúan en forma diferente –y a menudo antagónica– Beijing y Moscú buscan lo mismo que varios países de la región. Sus aliados naturales son los socios de Alba y Mercosur, cuya fobia antiestadounidense va desde el paroxismo (Cuba, Venezuela, Bolivia) hasta la neutralidad (Paraguay). Esa hostilidad se refuerza con el interés hegemónico regional del Brasil que, sin abrir su mercado, quiere desplazar a América del Norte (EU, México y Canadá). Las confluencias que prevalecen en la dictadura regional mayoritaria del variopinto conglomerado latinoamericano-caribeño (22 países) son preciosas para chinos y rusos. No para nosotros.

Afortunadamente, el futuro promisorio de la Alianza del Pacífico y la estabilidad democrática y económica del Perú siguen guiándolo hacia el crecimiento y el desarrollo. Así debemos continuar si queremos ir mucho más lejos, como podemos.

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