[ELECCIONES]

Al oído de todos

Los colombianos, en su mayoría, detestan a las FARC y tienen serias dudas en torno al proceso en La Habana. Pero, ¡ojo!, hasta el último minuto albergan la esperanza de un acuerdo de paz.

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A propósito de la enorme distancia que hoy advertimos entre Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos, un amigo me dio una inesperada interpretación. No, no era producto de una diferencia ideológica. Más bien provenía –me dijo él– de sus raíces. Uribe, como buen antioqueño raizal, suele decir lo que piensa y lo que dice lo hace. En cambio, nuestro querido Juan Manuel sería un bogotano de rancia estirpe, cachaco puro, cuyo trato está afelpado para no suscitar roces. De modo que lo que piensa no lo dice y lo que dice no necesariamente lo hace. ¿Será verdad? En otro tiempo, por dar cabida a esta maledicencia, las damas bogotanas me habrían quitado el saludo.

Ahora bien, como boyacense que soy, con una ascendencia mitad muisca y mitad castellana, podrían decir que también yo oculto mi sentir y mi pensar. Pero no es así. Más bien pertenezco al bando contrario, al de los aguafiestas.

Que este preámbulo me sirva para explicar abiertamente mis temores en torno a las próximas elecciones presidenciales. No veo claridad alguna entre los uribistas rasos. Muchos no conocen todavía a Óscar Iván Zuluaga. Algunos me dicen que van a votar en blanco; otros, que si Peñalosa es el candidato de los verdes, votarían por él; otros, en fin, para hacer mayor mi desconcierto, confiesan cierta atracción por Navarro o por Clara López.

Yo, para ser absolutamente franco, no me permito tales tumbos. Creo que Óscar Iván Zuluaga es un hombre honesto y capaz. Le cabe el país en la cabeza. ¿Buen presidente, pero mal candidato? De pronto sí. Buen candidato, entre nosotros, es un hombre que sabe gritar desde un balcón, ponerse la camiseta de nuestra selección, calarse un gorrito en la cabeza, alzar niños, besar palenqueras y lanzar toda suerte de promesas electoreras al viento. A eso se le llama carisma y me temo que Óscar Iván no lo tenga.

Tendrá que hacerles frente, además, a las astucias del presidente Santos. Hoy, la mejor carta de este es la paz. Sabe jugarla, de eso no hay duda. Firmado con vistosas pero peligrosas ambigüedades, su acuerdo en torno al punto segundo de la agenda con las FARC le ha permitido propagar, no solo en Colombia, sino en el mundo entero, que el proceso de paz va por muy buen camino y que nada lo detendrá. Sabrá poner pétalos a las exigencias de las FARC para que no se vean sus espinas.

Ahora bien, más del 90% de los colombianos albergan esperanzas de paz, así sean recónditas. Es algo perfectamente comprensible. Cuántos compatriotas que viven en el Cauca, en Putumayo, Caquetá, Guaviare, Arauca, el Catatumbo, el sur de Bolívar o Santander desean vivir sin el riesgo constante de las minas, el reclutamiento forzado de menores, los cortes de luz, los secuestros, las extorsiones o los cilindros bomba. A cambio de eso, muy poco les importaría ver a Timochenko y a sus amigos ocupar una curul en el Congreso.

Ciertamente, los colombianos, en su gran mayoría, detestan a las FARC, no ponen en duda su carácter de organización terrorista y tienen serias dudas en torno al proceso que se adelanta en La Habana. Pero, ¡ojo!, hasta el último minuto albergan la esperanza de un acuerdo de paz. De modo que el anuncio de Óscar Iván Zuluaga en el sentido de cortar de un tajo los diálogos tiene un pésimo efecto electoral. Mejor suerte tendría su campaña si abriera un compás de espera para saber en definitiva qué es lo que quieren las FARC y someter tales exigencias al escrutinio popular. Estoy seguro de que las reservas de los electores serían las mismas del propio Zuluaga.

Es esta la única manera de no pisar la cáscara que ha puesto Santos para dirimir la elección presidencial entre supuestos amigos de la paz y los amigos de la guerra. La paz que ofrece es como la zanahoria que se le pone a un burrito para que camine con docilidad. Pero, cuidado, tan burros no debemos ser.

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