[BASURA]

Mucho plástico

Cualquiera que haya viajado por África ya sea en coche, a pie, en moto, en bicicleta, en autobús o incluso a lomos de un asno se habrá dado cuenta de que los caminos y los campos están inundados de bolsas de plástico.

De sus restos, en la mayor parte de los casos, porque ya no se leen en ellas ni las marcas ni las tiendas de que proceden; se trata solo de basura al por mayor que abarra cuanto rincón libre queda cerca de una vía de tránsito. E incluso lejos de ellas, sabana adentro, no es raro toparse con esos restos de lo más infame que caracteriza a nuestra civilización.

Tan grave es el problema que ha cruzado la frontera que existe entre el espanto y el peligro. Ha sido noticia la cruzada que han emprendido algunos países del África central como Ruanda o Kenia contra las bolsas de plástico hasta el punto de declararlas un artículo prohibido, para evitar que muera el ganado comiéndoselas.

Cuando llegas al aeropuerto de esos países el aduanero te registra el equipaje y retira de él la multitud de bolsas con las que habrán envuelto diarios, colonias, botellas o jerseys de los que se compran en las tiendas libres de impuestos, junto con las que traes ya de casa envolviendo neceseres o zapatos. Se trata de que no entre ni un plástico más capaz de terminar en una cuneta cercana.

Por mucho que las autoridades de la zona de exclusión de plásticos se sientan optimistas con los resultados y presuman ya de la limpieza de las calles, tardarán décadas en verse el resultado. Siempre que no bajemos durante todo ese tiempo la guardia. Son demasiados años ya haciendo de la cultura de la bolsa a tirar a la basura el emblema mismo del comercio, y no son raros los grandes almacenes que las empleaban incluso para publicidad durante la época de las rebajas. La estampa más común es a menudo la de los turistas que llenan Oxford Street, la Gran Vía o los Campos Elíseos con sus muchedumbres cargadas hasta los topes de bolsas de plástico. Muchas de ellas acaban en África, por supuesto, pero tampoco puede decirse que nuestras calles y nuestros campos estén vacíos de ese oprobio.

En las tiendas españolas, en los supermercados al menos, hace tiempo que te cobran por cada bolsa en un intento de frenar la proliferación y el desperdicio de los plásticos. Tampoco puede decirse que haya sido la panacea para limpiar las calles. Con motivo de la última huelga de basura de Madrid el empapelado –emplasticado– de las calles era la imagen recurrente.

Si la leyenda urbana dice que hay al menos una rata y media por cada habitante de cualquier gran ciudad, ¿cuántas bolsas per cápita andarán tiradas por las calles? Muchas de ellas terminan en la mar, como sabe cualquier navegante, y encuentran allí su destino más absurdo. Si los países prohibicionistas africanos lograsen frenar la inundación del plástico que nos asfixia, yo no dudaría en darles el premio Nobel de la Paz.

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