[EVOLUCIÓN]

El proceso de humanización

La clave de nuestra evolución está en un complejo entramado de factores que solo una perspectiva biológica integrada puede abarcar.

Describir y entender la evolución humana no debería ser en principio ni más fácil ni más difícil que hacer lo propio con la evolución de cualquiera de los simios –orangután, gorila, chimpancé– habida cuenta de que los humanos somos, en términos técnicos, simios. Pero la enorme cantidad de recursos tanto materiales como intelectuales dedicados a obtener pruebas de la evolución humana han conducido a que dispongamos de miles de fósiles de nuestro linaje mientras que, por dar un ejemplo comparable, solo se conocen tres fósiles de chimpancé. Y a mayor abundamiento se trata de tres fragmentos dentales de alrededor de medio millón de años de edad. Si tenemos en cuenta que los linajes de chimpancés y humanos se separaron hace siete millones de años, y que contamos con fósiles de nuestro linaje desde esa fecha, es fácil entender que nuestro caso es especial.

Tan especial como para que especialistas de gran renombre hayan propuesto que los primeros ejemplares atribuidos a nuestro género, como son el Homo habilis o el Homo rudolfensis, deberían ser incluidos en realidad entre los australopitecos. Se trata de sostener que si la hominización –la pertenencia a nuestro linaje– se relacionada con la locomoción bípeda, la humanización –el convertirse en un humano del estilo de nuestra especie– solo comienza con Homo erectus. Y las principales razones aducidas para pensar así tienen que ver con rasgos como la forma del cuerpo o el tamaño relativo de las extremidades.

Susan Antón, Richard Potts y Leslie Aiello, tres autores de gran renombre en la paleoantropología, han publicado en la revista Science un nuevo análisis de las distintas características y circunstancias que habrían conducido a la evolución de nuestro género. La principal novedad es que, al enfoque casi exclusivamente anatómico propio de trabajos como los cladísticos, Antón, Potts y Aiello añaden consideraciones mucho más amplias, desde las culturales a las dietarias y, en términos generales, ecológicas. La razón de obrar así tiene que ver con que en realidad algunos de los rasgos anatómicos que se suponían característicos de Homo erectus –la especie que significaría esa especie de punto de partida de la humanización– son en realidad o bien mucho más antiguos, encontrándose ya en los australopitecos, o más recientes, propios de los humanos del Paleolítico Superior.

Para Antón, Potts y Aiello la clave de nuestra evolución –la que nos hace ser el tipo de simio al que llamamos hoy “ser humano”– está en un complejo entramado de factores que solo una perspectiva biológica integrada puede abarcar. Aun a riesgo de pasar por fatuo, querría apuntar que ese ha sido precisamente el enfoque del último libro que Francisco Ayala y yo hemos publicado acerca de la evolución humana. Otra cosa es que nuestra intención haya conducido a algún éxito; algo que solo pueden decidir los lectores, si es que ha tenido alguno por un casual.

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