[PARTIDO REPUBLICANO]

La ruta a la perdición

La intransigencia del nefasto ultraconservador, libertario y populista movimiento del Tea Party lleva al Partido Republicano a quedarse sin una base demográfica de apoyo nacional.

Si hasta hace poco tiempo la desunión y la rebeldía caracterizaban a las tribus que convergían en el Partido Demócrata, hoy, la fractura y el desacuerdo se han apoderado del Partido Republicano, como acaba de evidenciarse en la rebelión de un nutrido grupo de representantes contra el presidente de la Cámara Baja, John Boehner. Solo la prudencia y el valor de un puñado de congresistas republicanos que a último minuto decidieron votar con los demócratas evitó que el país cayera al precipicio fiscal.

Desafortunadamente, el problema de fondo no se resolvió, se pospuso, y está a punto de resurgir durante el debate pendiente sobre el monto de la deuda pública y de los recortes en los próximos meses. Hoy, todo indica que los radicales de derecha, inspirados por el nefasto Tea Party, siguen firmes en su rebelión, a pesar de que la opinión pública y el sector privado exigen que sus representantes en el Congreso lleguen a un acuerdo.

La gravedad de la intransigencia del grupo republicano dominado por el ultraconservador, libertario y populista movimiento del Tea Party es de tal magnitud que hasta Newt Gingrich, el conservador ex candidato presidencial republicano, acaba de declarar por televisión que, de seguir por esta ruta, su partido va “camino a la perdición”.

Coincido, no sin trepidación, con Gingrich. La infiltración del Tea Party en las filas de su partido ha sido desastrosa para los republicanos y para el país. Al principio, la ideología conservadora del movimiento y sus planteamientos contra el Gobierno, los impuestos, el gasto social y la inmigración parecía embonar con los principios de la plataforma republicana tradicional. Pasada la novedad, sin embargo, la rigidez de su interpretación del texto constitucional, su incapacidad para negociar el compromiso como parte del quehacer político, su reticencia a la moderación y su negativa a aceptar la nueva unidad étnica-racial que hoy define al país, vulneraron la capacidad de muchos de sus candidatos a puestos de elección en la elección de 2012.

Fue, precisamente, el giro a la extrema derecha del candidato presidencial republicano el que propició su derrota en una contienda que empezó con todas las ventajas a su favor. Mitt Romney enfrentó a un presidente debilitado por las altas cifras de desempleo y la desaceleración de la economía y, sin embargo, perdió. El Partido Republicano perdió la Presidencia y se redujo en las dos cámaras del Congreso, a pesar de contar con el voto de la mayoría de los votantes blancos. Con esta elección, ya son cinco de las seis últimas elecciones en las que los republicanos pierden el voto popular. Peor aún para su causa es que en el año que recién comienza la agenda legislativa del Congreso les exigirá un replanteamiento de sus posiciones en temas delicados como un control más estricto para la venta de armas de fuego y la reforma migratoria integral. Dos temas entrañables para el liderazgo del Partido Republicano que ahora han sido cuestionados por la mayoría de los ciudadanos que, según todas las encuestas, están en mayor sincronía con las posiciones de los demócratas.

La ruta a la obsolescencia del Partido Republicano dadas las nuevas realidades en el país, de ninguna manera ha pasado desapercibida por una parte de su liderazgo. “El Partido Republicano”, declaró a The New York Times, Ralph Reed, quien fuera el líder de la Coalición Cristiana, “no puede permanecer tal y como está ahora, escondiendo la cabeza en la arena e ignorando que el país está cambiando”. Reed reconoce que “si el partido abandona sus posiciones profamilia y en favor de la responsabilidad fiscal y la reducción de impuestos, muy pronto podría quedarse sin una base demográfica de apoyo”. El predicamento es real y la solución no es fácil, pero la radicalización planteada por el Tea Party solo empeora su situación.

Si la rebelión contra la moderación perdura en la Cámara Baja y los moderados se alinean con los demócratas, el país entero saldría ganando con un Congreso que funciona. Pero la ganancia sería al corto plazo, porque mientras menos opciones viables tengan los votantes para elegir a sus representantes dentro de un espectro político amplio, más se debilita la democracia y el sano e indispensable debate político que una oposición razonable puede facilitar.

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