[COLOMBIA]

Los silencios del papa

La visita del papa Francisco a Colombia debe considerarse una misión pastoral dedicada a exaltar la reconciliación moral, el perdón y la paz, y no la impunidad.

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Los silencios del papa

La visita del papa se convirtió en una apoteosis, en el pleno y antiquísimo sentido de la expresión. Fue algo como “Los Triunfos” que llamaban los romanos a la bienvenida a sus héroes más preclaros.

Pero también fue la prueba plena de la diferencia que separa el mundo de lo social, es decir, el derecho, del mundo de la moral.

Ambos son órdenes de conducta para el ser humano. Pero unidos en su raíz se separan irremisiblemente en su finalidad, sus alcances, sus medios, su contenido. Es este uno de los capítulos más emocionantes y decisivos para los que nos hemos ocupado de la Filosofía del Derecho.

Así se explica la pesadumbre que se llevaron tantos que querían oír al papa felicitando a Santos y a las FARC por sus 310 páginas de basura. Así se explica la desazón que les causó que el papa hablara cien veces de la reconciliación como valor moral, sin definirla como valor jurídico y sin explicar entre quiénes quería la reconciliación, ni de qué se trataba en el mundo de los accidentes políticos. Y así se explica que multiplicara su llamado al perdón, pero situándolo en el terreno de la conciencia individual, del alma, sin pregonar la impunidad y sin mencionarla.

El papa no quiere que tengamos enemigos en el corazón ni quiere la venganza como medida de nuestros actos. Para la sociedad organizada, los delincuentes merecen y necesitan castigo, porque de otro modo quedaría en manos de los criminales. Y no impone penas por espíritu de venganza, sino por retribución necesaria del que ofende los principios esenciales de la convivencia. El valor retributivo y ejemplarizante de la pena son capítulos esenciales del Código Penal, pero no tienen que ver con el catecismo y los dogmas. Carrara no es un moralista ni un teólogo. Es el más grande criminalista de la historia. Y Santo Tomás no escribió el Programa de Derecho Criminal, sino la Suma Teológica. Ambos son la cumbre del pensamiento humano en su materia, pero la materia de cada uno es por entero distinta. Carrara trata de criminales. Santo Tomás de fieles, de pecadores y de arrepentidos.

El papa exalta la austeridad y la renuncia a los bienes terrenales. Pero también se duele de los pobres y sería infinito su número si no hubiera empresarios, creadores de riqueza, promotores de grandes inversiones.

El mundo de la moral no se agota en ritualidades externas. Para un fiscal, arrepentido es el que está dispuesto a denunciar compinches y a devolver lo que le encontraron como producto de sus tropelías. Le importa una higa la intención con que lo haga y la limpieza de corazón del que se confiesa. Ese no es su mundo. Para un sacerdote, lo que vale es la contrición del corazón, el propósito de la enmienda, real, auténtico, profundo y la satisfacción de obra, donde el que se confiesa es el juez de sí mismo.

El derecho es esencialmente coercible. La fuerza es de su esencia. El que no se somete a las buenas, se someterá a las malas, o la convivencia será imposible. En la moral nada que se haga a la fuerza es valioso. Nadie llega al reino de los cielos porque lo obligaron, a fuete y calabozo, a portarse bien.

El derecho es esencialmente bilateral. Frente a un obligado o deudor hay uno que demanda. Robinson Crusoe nunca estuvo en el mundo jurídico, sino cuando Viernes llegó a su isla. Pero estuvo siempre ligado a Dios a través de su conciencia.

Por eso es imposible este diálogo que quisieron tantos. El papa hablaba de compasión y los bandidos, con Santos a la cabeza, querían que hablara de impunidad. Francisco recordaba la virtud moral de la reconciliación, y los de las FARC querían que les bendijeran su impunidad, sus curules gratuitas, sus concesiones aberrantes.

Por eso el papa no habló de tantas cosas. Defendió la naturaleza, pero no entró en la mecánica del narcotráfico, ni del contrabando, ni del lavado de activos, ni de las minas de oro ilegal, ni de la devastación de los bosques para sembrar coca; defendió a la mujer, pero no entró en el detalle de las niñas abusadas, embarazadas, obligadas a abortar; se compadeció de los pobres, pero no juzgó el crecimiento del PIB, que es la inmensa fábrica de pobres; habló del perdón, pero nunca aconsejó cerrar las cárceles.

Pasó por Colombia un pastor y no un político.

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