[ACUERDO]

Una solución para el clima

En el mes de marzo del año pasado, 110 países de todo el mundo firmaron el llamado Acuerdo de Copenhague, el compromiso de la comunidad internacional destinado a evitar en la medida de lo posible que los cambios que están afectando al clima del planeta sean catastróficos. El acuerdo incluía un objetivo: limitar el aumento de la temperatura media global para que no supere en más de dos grados la que existía en la época preindustrial.

Lo que cabe hacer a tal respecto lo saben hasta los colegiales: reducir de manera eficaz y decidida la emisión de gases-invernadero. Pero esa evidencia, apoyada nada menos que desde la Academia Nacional de las Ciencias de Estados Unidos, sirve de poco cuando los mismos gobiernos que firmaron el Acuerdo de Copenhague se han distinguido en el empeño de no cumplir sus exigencias; que, más que eso, eran recomendaciones, todo hay que decirlo.

Por si tenemos que lamentar aún más la mala suerte que nos ha tocado de vivir en este planeta y en esta era, tres científicos del Institute for Climate Impact Research de Postdam (Alemania), Jobst Heitzig, Kai Lessmann y Yong Zou, han publicado en la revista editada por la academia estadounidense a la que acabo de referirme –los muy conocidos y prestigiosos Proceedings– un análisis basado en la Teoría de Juegos, en el que los resultados ponen de manifiesto lo fácil que sería evitar la picaresca en la que andamos metidos, con la compraventa de los derechos de emisión de gases para que los países ricos puedan contaminar aún más. Se trata de algo tan simple como la estrategia dinámica de compensación lineal, derivada de la teoría matemática que se conoce como Public Good Game, y que que viene a sostener la necesidad de tener en cuenta el comportamiento pasado para distribuir los derechos futuros. Dicho de otro modo, si lo que se busca es el equilibrio, jamás se conseguirá premiando a quienes más dilapidan.

El Public Good Game demuestra que no son necesarias grandes ecuaciones para obtener los parámetros que llevarían a una situación equilibrada. Basta con la regla de tres y la cuenta de la vieja. Pero el asunto tiene sus pegas. Como casi cualquier otro modelo de la Teoría de Juegos, se basa en ciertos axiomas relativos a los sujetos que van a realizar el intercambio de decisiones, bienes y castigos. En esencia, esas reglas necesarias aluden a la igualdad de posibilidades inicial, el conocimiento público de las contribuciones y cosas de ese estilo, nada sofisticadas por otra parte. Pero dos de las condiciones axiomáticas entran en el terreno del drama. La primera, que los actores han de ser individuos racionales. La segunda, que no se permiten amaños ni pactos destinados a romper el objetivo del equilibro final. Pues bien; repase quien quiera hacerlo lo que está sucediendo desde que se firmó con gran pompa, fanfarria y protocolo el Compromiso de Copenhague. Y decida cada cual si eso corresponde al comportamiento propio de seres racionales que no toleran las componendas capaces de arruinar lo firmado.

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