[ENTRE EL RECONOCIMIENTO Y LA CONDENA]

El tsunami Fidel Castro

Cuba no era país para periodistas. Profesionales de la pluma los hay de todos los matices, pero cuesta creer que a un periodista de oficio pudiera entusiasmarle el ‘paraíso cubano’.

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Homenaje al fallecido líder cubano Fidel Castro durante la última ceremonia antes de su entierro en Cuba. Homenaje al fallecido líder cubano Fidel Castro durante la última ceremonia antes de su entierro en Cuba.
Homenaje al fallecido líder cubano Fidel Castro durante la última ceremonia antes de su entierro en Cuba. AFP / Pedro Pardo

Todo gobernante latinoamericano que tocara un día Fidel, aunque fuera episódicamente, nos lo tiene que explicar con pelos y señales para que se le contagie algo del gran taumaturgo cubano, muerto a los 90 años. Tenemos, sea cual fuere el punto de vista del autor, detractor o entregado, resistir el chaparrón de artículos que van a alegrarnos la vista durante varios años. El que no hubiera hablado nunca con Fidel no era nadie.

Si describimos una geografía del interés por la muerte del primer Castro la respuesta es universalidad, todo el mundo opina. Y dentro de esa universalidad, al menos en las redes, son mucho más numerosos los que cargan contra el dictador cubano que los que lo defienden; pero eso mayormente en lo que respecta a los particulares en tanto que alguna circunspección se suele encontrar entre las organizaciones, aunque no falte la condena irrestricta cuando se habla de “tirano sanguinario”, obediente al matiz político de la misma. Pero así es como se forma un bloque minoritario de los que hacen equilibrios para dar al César lo que es del César, por hallar una vía media entre el reconocimiento y la condena. Y aquí viene lo tocante al ejercicio del periodismo: la mayoría de los particulares se expresan convencidos de haber hallado la verdad, la famosa objetividad inexistente de la comunicación. Y las organizaciones que se niegan, legítimamente, tanto a la absolución como a la condena, se muestran igualmente convencidas de que han hallado el equilibrio adecuado para expresar una posición, no objetiva, pero sí compleja.

Castro ha sido el amo de Cuba, al menos, durante medio siglo. Eso parece difícil de negar, puesto que como dice la disidente Yoani Sánchez, pudo decidir en su infancia y adolescencia lo que podía leer y hasta saber del mundo. ¿Cómo se hace, por tanto, para estar convencidos de que se tiene razón y opinar, igual entre particulares como organizaciones, desde extremos tan diametralmente opuestos? Tan solo suprimiendo lo que no interese. Los partidarios a ultranza y con algún matiz menor las organizaciones que se proclaman radicales o antisistema, lo hacen centrándose en avances sociales realmente existentes como la medicina, la sanidad, la nivelación social, la educación en lo que tenga de menos desideologizada, como en la enseñanza de la lengua castellana, la mejor de América Latina, aunque nunca para beneficio del periodismo, que puede que ahora comience a barruntar, pero que no ha existido todos estos años en la isla. Es de notar que en la Escuela de Periodismo de este periódico hemos recibido a dos alumnas cubanas recién saliditas de su país, ambas con un excelente conocimiento académico de la lengua. Pero muy señaladamente los panegiristas selectivos han encontrado acogedor refugio en un nacionalismo soberanista antiestadounidense, que no ha carecido de eco en América Latina, incluso en sectores no naturalmente colonizados por el castrismo. Y en el campo opuesto ya se sabe, la tiranía, el derramamiento de sangre, el sometimiento a un credo todo lo totalitario que el Caribe pudiera soportar.

Para los del grupo intermedio, siempre más organizaciones que particulares, la búsqueda del equilibrio consistía en mencionar, aunque siempre con diferente grado y apreciación, méritos y deméritos sin darles un orden especial ni total coherencia de fondo. Castro era alternativamente ángel y demonio, no o demonio, y el lector tenía siempre la ventaja de quedarse con la parte que le interesara más. Pero de lo que podía caber poca duda era de que libertad de expresión no había habido nunca y que Cuba no era país para periodistas. Profesionales de la pluma los hay de todos los matices, pero cuesta creer que a un periodista de oficio pudiera entusiasmarle el “paraíso cubano”. El castrismo, que en su tiempo –Alberto Barrera llamó a Castro “mago del mercadeo político”– tuvo un indudable predicamento popular en América Latina, nunca pudo presumir de sus capacidades de comunicación escrita. Granma es lo que nos ha dejado.

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