[HUIDA]

El último, el capitán

En el mundo que teníamos antes –antes de que los bancos te llevaran a la ruina y luego te cobrasen por los servicios prestados; antes de que las agencias de calificación pusieran en su sillón a los presidentes del gobierno; antes de que perdiésemos tanto tiempo hablando de la moneda como si se tratara de algo muy sagrado– los capitanes eran los últimos en abandonar el barco. Si es que lo abandonaban porque, a menudo, se hundían con él.

Por supuesto que estamos hablando del mundo de verdad y de los barcos de verdad, no de este apaño de globalización que parece salida de los mayores delirios de grandeza de Milton Friedman, ni de los rascacielos horizontales que convierten la mar en una especie de museo de los horrores urbano. Desde la perspectiva que da una familiaridad con los modos y costumbres de antes, cuesta trabajo creerse las noticias que vienen publicándose desde que el Costa Concordia –vaya nombrecito surrealista el de ese crucero, habida cuenta de lo sucedido– encallase en un escollo varado al lado mismo de la costa, lugar que, por lo general, suele abundar en tales trampas. Cuando en la mar las cosas se te ponen mal, cosa que sucede muy a menudo, cualquier patrón con dos dedos de frente, y aun con solo uno y medio, sabe que hay que poner la proa hacia fuera huyendo de los bajos fondos. Pero, ya digo, eso sucedía antes; cuando los barcos eran barcos, los capitanes, capitanes, y los bancos empresas que vivían de prestar dinero y no de robarlo.

Se supo desde el primer momento de la tragedia que el capitán del derrelicto concordiante había salido por piernas, embutido en un salvavidas por si acaso. Lo que ha saltado después a las páginas de los diarios es que el caballero, de nombre Schettino que, en italiano, es como se llama a los patines de ruedas, no solo escapó del barco en apuros como alma que llevaba –en patinete– el diablo sino que se negó a volver a bordo cuando desde la naviera le ordenaron hacerlo. Prudente que es el hombre; esas cosas, para los marineros rasos.

Si no hubiese habido muertos por medio, el asunto daría para una opereta bufa sin muchas pretensiones con el barítono-figurante descolgándose, en compañía de las ratas, por una maroma del barco en trance de zozobra. Desde luego, el asunto queda mucho más cerca del Cascanueces que de Macbeth, pero ambas obras son demasiado nobles como para albergar un papel, siquiera mínimo, digno para tan afamado cobarde.

En defensa del capitán solo cabe aludir a la presunción de inocencia que tanto se reclama en los últimos tiempos y tan poca confianza merece en boca de según quién. Desde luego, las grabaciones de la charla que mantuvo el capitán Schettino con las autoridades tras huir del barco dejan poco lugar a la imaginación. Como mucho cabe plantearse si, para entonces, estaría escondido en la estación marítima. Dentro del cuarto de baño.

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