Eutanasia

El último viaje de David Goodall

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Admiro al científico australiano David Goodall. A sus 104 años emprendió una travesía desde las antípodas que lo llevó hasta Suiza, donde la semana pasada cumplió su deseo de morir después de hacer una escala en Francia para despedirse ahí de algunos amigos.

La historia de este académico que era botánico y ecologista no habría sido noticia si no fuera porque se decidió a buscar ayuda para irse de este mundo por medio de la muerte asistida. Goodall se lamentó el que en Australia, donde durante décadas fue un prestigioso profesor universitario, sea ilegal la eutanasia a menos que se sufra una enfermedad mortal. Muy a su pesar tuvo que marcharse muy lejos para irse en paz.

Aunque Goodall ya era un centenario con grandes limitaciones físicas, su mente tenía la suficiente claridad para esgrimir argumentos de peso a favor de un final digno: sencillamente ya no deseaba vivir y consideraba que un ciudadano que ha cumplido hasta el último tramo, debería gozar del derecho a que el Estado lo asista para concluir un ciclo que en su caso se había prolongado.

No se trata de que este científico no hiciera todo lo que estaba a su alcance para tener una vida productiva a pesar de su avanzada edad. Precisamente, cuando cumplió 102 años se enfrentó a la administración de la universidad donde enseñaba en la ciudad de Perth, para evitar que lo forzaran a jubilarse. La dirección temía que sufriera un accidente y no querían responsabilizarse.  Goodall ganó la batalla legal y pudo enseñar unos años más.

Mientras el propio Estado niega la posibilidad de morir dignamente y con asistencia a una persona que ha alcanzado la senectud y ya no desea continuar vivo, la sociedad la aparta con mecanismos que empujan a la improductividad a quienes, como fue el caso de Goodall, todavía creen que pueden aportar con su trabajo. Gracias a los avances médicos cada vez vivimos más, pero no hay las estructuras ni el apoyo necesarios para hacer de los años ganados una etapa feliz, y no un periodo angustioso en el que ya no te quieren contratar y resulta difícil recibir cuidados, a la vez que instancias superiores pretenden imponer la vida como una obligación y no como un derecho.

David Goodall fue un hombre independiente y no iba a permitir que la arbitrariedad del sistema echara por tierra la decisión más trascendental de su vida: prescindir de ella. Por eso abandonó Australia acompañado de una representante de la organización Exit International (un grupo que defiende la muerte asistida y al que estuvo suscrito durante décadas) para buscar la salida en Suiza, donde sí se puede acceder al suicidio asistido si se presenta un caso sólido más allá del diagnóstico de una enfermedad terminal.

Este longevo académico que consagró su vida al estudio y la investigación tenía a su favor el motivo más incuestionable para defender su derecho al descanso eterno: a los 104 años estaba verdaderamente cansado de vivir y no quería despertarse más en un mundo que ya no le proporcionaba alicientes. Resulta paradójico que en su día quisieron forzar su jubilación como docente y cuando planteó retirarse del todo de la existencia el propio Estado se lo negó.

Goodall fue un hombre ejemplar: se mantuvo activo muchos más años que la mayoría de los mortales y, en vez de resignarse a aceptar que le negaran su derecho más sagrado, al final de su recorrido hizo activismo a favor de la legalización del suicidio asistido, facilitándole así el camino a otros tantos que defienden la eutanasia. 

David Goodall estuvo arropado por su hija y tres de sus nietos antes de partir en la quietud del mediodía. No puedo imaginar una muerte más digna y dulce que la que libremente escogió.

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