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El voto en Venezuela, una distracción

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El voto en Venezuela, una distracción

Desde su génesis, lo cuento en mi libro  El problema de Venezuela (2016), el régimen organiza milicias paramilitares, “círculos bolivarianos”, que le ofrecen rostro a su malévolo discurso sobre la revolución pacífica, pero armada.

Como complemento de su alianza defensiva, trabada con el narcotráfico colombiano a mediados de 1999, se prepara para los momentos de crisis, el amagar de los precios del petróleo que le dan su sustento o la cesación del beneplácito popular; lo que es realidad patente a partir de diciembre de 2015.

Esta suerte de grupos de calle y violentos ‒ “camisas rojas” garibaldinos, “camisas pardas” nazis, “camisas negras” del fascismo ‒ que hacen sentir su rapacidad y capacidad intimidatoria desde inicios de 2002, son la obra de Hugo Chávez, en su empeño por hacer del poder punitivo, organizado y constitucional del Estado, una colcha de retazos. Divide para dominar. Al efecto, encomienda su organización a los lugartenientes más díscolos. Desde el Palacio de Miraflores, al teniente Diosdado Cabello. Desde la Alcaldía de Caracas, al comisario Freddy Bernal.

Venezuela, así, conoce una paulatina regresión de su historia. Sus páginas vuelven atrás hasta el instante de más primitiva invertebración, a su fase prepolítica, en la que unas veces dominan los indígenas salteadores y nómades –caribes persiguiendo a los araucos– o la fuerza del conquistador español, que varias veces es doblegada.

A la violencia de la ley le sobreviene la ley de la violencia, única que conoce y entienden Chávez y sus acólitos; todavía más los carentes de carisma y lacayos, que se alimentan de la brutalidad y se solazan sobre sus víctimas, como Nicolás Maduro.

Ayer mismo, uno de estos tantos prehistóricos, libre de imperio por sentirse emparejado con quienes no han pasado la prueba que les haga capitán o cacique –los ocupantes del gobierno y sus adversarios de ficción, que no saben lo que son picaduras de bachacos salvajes– saca su arma a la vista de los marchantes. Asesina al perro que le molesta. Entre tanto, más hacia la frontera en la que rigen los códigos de los carteles, el citado Bernal se carga con los suyos, a la manera del Señor de los Cielos, a Manuel Tarazona, en Rubio, dizque porque “era un capo” y le cae mal.

Frescos están los hechos del 11 de abril de 2002: la Masacre de Miraflores. La ejecutan, justamente, esos “colectivos” guiados por el lugarteniente de Bernal y diputado, Juan Barreto. Los “revolucionarios de Caracas” –acusados por el fiscal Danilo Anderson y asesinado luego por el propio Estado– se dan su baño de sangre. La diabólica ceremonia es preparada durante los días previos por el propio presidente y su fiscal general, Isaías Rodríguez Díaz. En la tarde, Bernal y el igualmente asesinado jefe de la policía política, Eliécer Otaiza, destruyen con sus “círculos” las sedes de los medios de comunicación social.

Desde entonces hasta ahora, se cierran los espacios de civilización.

En febrero de 2014 son asesinados varios jóvenes y cae también el primero de los jefes de los colectivos del terror, Juancho Montoya. Un escolta de Miguel Rodríguez Torres, ministro del Interior, realiza la operación. Más tarde, en noviembre, caen otros cinco, integrantes del llamado “5 de marzo”, en Quinta Crespo.

Maduro, a la sazón, destituye al ministro general e intenta nombrar, en su defecto, al policía Bernal, cabeza del paramilitarismo revolucionario. Se lo impiden los militares en funciones. Hoy, no obstante, es ministro de Agricultura y a la sazón “protector del Táchira”, donde se cuecen las actividades sustitutivas de la menguada fuente petrolera: las del narcotráfico y el contrabando de alimentos. 

Venezuela es una colcha de retazos, un campo de concentración de cuerpos enjutos y entristecidos. ¡No existe!, diría Bolívar.

Sin instituciones, acaso formada por una miríada de pequeños nichos acicateados por la ley de la supervivencia, no es más una nación. Y no hay Estado. No hay ley que rija y sea distinta del pacto espurio, momentáneo, que se alcanza entre los retazos de nuestra añeja realidad para sobrevivir; como sobreviven quienes bailan sobre las tumbas de los caídos y simulan el teatro de la democracia, con elecciones.

La esquizofrenia domina, y lo comprendo. Es el síntoma cabal de la disociación, del divorcio con las realidades que padece la Venezuela enferma.

Leo, pues, a Fray Caulin (1779): Son ellos “unas porciones o compañías segregadas que viven dispersas por los montes, pasando una vida gentílica, con solo el distintivo de la subordinación a un capitán o cacique, y…, en estos partidos a quienes daré el nombre de nación que en estos países está en uso, se encuentra mucha variedad de lenguas…, segregación de naciones, repetición de guerras, con que recíprocamente se invaden y aniquilan unas a otras; que todos los de estas provincias, aun después de poblados, son taimados, agilísimos y astutos para su conveniencia y enteramente negados al socorro de la ajena: prontísimos para urdir un embuste, y hacer creer una mentira, como de ella se les siga la consecución del interés que desean”. Eso somos en el siglo XVI. Eso somos en el siglo XXI.

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