Almudena le agradece a su Lulú

La escritora española Almudena Grandes explica el fenómeno que se registró cuando ella publicó, hace 27 años, su primera novela: ‘Las edades de Lulú’.

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Almudena Grandes Cortesía

La española Almudena Grandes y la nicaragüense Gioconda Belli. La española Almudena Grandes y la nicaragüense Gioconda Belli.

La española Almudena Grandes y la nicaragüense Gioconda Belli.

Almudena Grandes impresiona, seduce y desafía, tanto en su obra literaria como cuando toma la palabra para hablar.

Ella forma parte de los 70 invitados que tiene este año el Centroamérica Cuenta de Managua, festival literario donde el miércoles pasado Grandes, en compañía de Gioconda Belli (Nicaragua), habló sobre la relación entre la literatura y el erotismo.

Tanto la proveniente de Europa como la nacida en América Latina son conocidas por sus libros con cuotas de erotismo, aunque a ambas se les ve que el tema como que ya les agota, entre otras, porque piensan que el sexo y el amor son aspectos esenciales en el devenir de la vida y de las letras, por ende, de lo más normales, y opinan que la sociedad como que va exagerando con el asunto.

Almudena Grandes (Madrid, 1960) debuta con un libro de una carga sexual fuerte: Las edades de Lulú, que se alzó con el premio La Sonrisa Vertical de Tusquets en 1989 y luego pasó al cine al año siguiente de la mano del director barcelonés Bigas Luna (1946-2013).

Grandes confiesa que no esperaba el éxito editorial en el que se transformó las Edades de Lulú, y tampoco se esperaba que fuera traducida a más de 20 idiomas.

La escribió con la absoluta, inocente e irresponsable libertad de quien no sabe si le van a publicar o no su bautizo en la narrativa.

Confiesa que no hubo autocensura cuando construyó a Lulú, una chica de 15 años que entabla una relación con un profesor universitario, lo que da pie, mucho después, a que ella experimente el sexo en tríos y en orgías.

Pasados los lustros, dice que todavía le gusta lo que encuentra en Las edades de Lulú, una novela a la que le agradece un montón, pues le regaló la oportunidad de cumplir su meta de ser escritora y el anhelo de poder, además, vivir con dignidad de contar historias.

Del amor al erotismo hay un paso

Aunque Las edades de Lulú sea un libro que tiene más de un cuarto de siglo de vida, su autora, Almudena Grandes, considera que tiene más vigencia, es más sincero y más feminista (en el mejor de los sentidos) que superventas actuales como Las 50 sombras de Grey, de E. L. James, que a ella en lo particular le desagrada tanto, porque opina que en el fondo es un manifiesto reaccionario a favor del machismo.

Grandes explica que la literatura va creciendo en el terreno de las emociones, lo que le permite ser más afín con el ser humano porque habla de sueños y dolencias.

Es de las que piensa que los buenos libros deben crear en el receptor la sensación de que están escribiendo sobre él, aunque esa historia de ficción ocurra en un continente distinto o en un siglo diferente al suyo.

En la acogida que recibió Las edades de Lulú dice que colaboró el publicarse en la década de 1980, cuando todavía palpitaba la movida española, movimiento contracultural que surge tras la caída de la dictadura franquista.

Decidió ubicar la trama en una ciudad española, en un ambiente urbano y no en lugares exóticos como la Costa Azul o el Caribe, como era la usanza entonces en las llamadas novelas eróticas.

Sus personajes eran normales, nada de aristócratas o bandoleros. Se trataba de jóvenes, gente casada y con hijos, que bien podían ser tus vecinos o tú mismo.

Lo que encontró la España rancia en Las edades de Lulú fue algo que consideraba subversivo, demasiado íntimo y perverso, mientras que las nuevas generaciones de inquilinos de la democracia recuperada calificaban la obra de libertaria.

Esta obra reivindicaba a la mujer dentro del ámbito social, pues ahora podía tener control pleno de hacer con su cuerpo, su mente y su imaginación lo que quisiera, sin pedirle permiso a nadie, menos a un hombre, cuyos representantes más conservadores opinaban que esa condición moderna era una perversión femenina.

Recuerda que los adultos en la España de hace 25 años veían el sexo como un delito y un pecado, como una amenaza y un instrumento para fomentar el terror, ideas fomentadas por el Estado y la Iglesia católica.

A Almudena Grandes le da exactamente igual las etiquetas literarias, aunque si lo piensa mejor, hasta le divierten, ya que gracias a sus novelas ella misma se va volviendo difícil de ubicar en un solo espacio.

Por ejemplo, debido a la aparición de Las edades de Lulú pasó a ser la abanderada del erotismo, con Malena es un nombre de tango  (1994) la asociaban con el feminismo y por Los aires difíciles  (2002) era la máxima representante de la recuperación de la memoria colectiva.

“Ya nadie sabe quién soy”, y deja salir una sonora carcajada.

El mero hecho de tener sexo porque sí, plantea la autora de Castillos de cartón (2004), es un placer bastante momentáneo, un disfrute pasajero.

“La gente demasiado sexual me da miedo y me cae mal”, señala la responsable de títulos como Las tres bodas de Manolita (2014) y Los besos en el pan (2015).

Si bien el sexo está presente en pasajes de sus siguientes libros, porque es un tema que nunca se agota por aquello que todos, de alguna manera, lo practican, dice que no ha repetido la fórmula de Las edades de Lulú, porque simplemente no quería caer en lugares comunes y a ella tampoco le apetecía encasillarse, ni quería que su lector pensara que se volvía a repetir.

REVOLUCIÓN

La poesía y las novelas de Gioconda Belli han sido siempre exuberantes para unos y atrevidas para otros.

En su más reciente pieza narrativa, El intenso calor de la luna, explora la infelicidad y la infidelidad a través del romance ilícito entre una mujer, madura y casada, con un muchacho dedicado a la carpintería.

Belli lamenta que el concepto de mujer sexi y deseada se reduzca a la fémina delgada, joven y dueña de unas medidas muy precisas.

A la par, lamenta que hoy se le rinde demasiado culto a la juventud y se rechaza a la vejez, como si fuera un defecto o algo negativo.

En El intenso calor de la luna indaga en la llegada de la menopausia, que en una tierra sometida por los prejuicios de los hombres no se le ve como un proceso natural del organismo humano, sino como el fin de la existencia de una mujer.

Para Belli, dejar de ser fértil es la ocasión perfecta para que la mujer sea aún más libre en su sexualidad, pero prevalece el mito de que ya no hay esperanza para ella.

En la novela plantea cómo surge la atracción por otro cuerpo que no es de tu esposo o novia y cómo el deseo puede manejar a la razón.

El sexo debe estar siempre vinculado al amor, anota, pues debe permitir conectar a dos personas, aunque suene cursi, pero indica que ahora está bajo la presencia del entretenimiento banal.

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