Artes marciales al estilo Hollywood

El director James Mangold ha querido poner en una misma bolsa las películas de acción de Japón con las producciones de aventuras de la Meca del cine.
‘Wolverine’ va de la ciencia ficción al fantástico, sin olvidar las producciones sobre samuráis y ninjas. AP. ‘Wolverine’ va de la ciencia ficción al fantástico, sin olvidar las producciones sobre samuráis y ninjas. AP.
‘Wolverine’ va de la ciencia ficción al fantástico, sin olvidar las producciones sobre samuráis y ninjas. AP.

The Wolverine es de esas películas que a uno como espectador le agradan bastante, aunque como cinéfilo está convencido de que sus resultados estéticos daban para mucho, mucho más. Por lo que leerán un par de peros y otros “aunque”, repartidos por este texto.

El actor Hugh Hackman, guardando las distancias de rigor, se siente tan cómodo en su papel de Lobezno como lo está su colega Robert Downey Jr. con Iron Man.

No es que el intérprete australiano sea el nuevo Toshiró Mifune o la reencarnación de Raizô Ichikawa, ambos consagrados maestros de las películas japonesas de artes marciales de todos los tiempos, pero se nota que el papel le calza a la perfección.

Mientras que el director de The Wolverine, James Mangold, sabe sacarle provecho a un presupuesto relativamente holgado, 120 millones de dólares, aunque sinceridad por delante, no es demasiado dinero para los estándares del verano fílmico gringo dedicado a crear franquicias vinculadas con el cada vez más lucrativo universo del cómic.

La cinta The Wolverine de Mangold (3:10 to Yuma y Walk the Line) es más ágil y convincente si se le compara con la agradable X-Men Origins: Wolverine (2009), de Gavin Hood (Expediente Anwar y Tsotsi).

Aunque The Wolverine no alcanza la magnitud dramática de los Batman de Christopher Nolan, pues ser ceremonial en demasía no significa lo mismo que hechos sobrecogedores o trágicos.

Sí posee un par de escenas valiosas, siendo la del tren bala la mejor de todas, y de salida, es una de las más memorables secuencias de combate de las producciones industriales de Hollywood de la última década.

Matthew Vaughn (X-Men: Primera generación, 2011), Bryan Singer (X-Men, 2000), Jon Favreau (Iron Man, 2008) y Joss Whedon (Los Vengadores, 2012) pueden estar relajados en sus lujosas mansiones, el Wolverine de James Mangold, aunque divertido para relajar tanto cuerpo desmembrado gracias a las garras de adamántium de Hackman/Lobezno, esta película no los alcanza en materia de calidad.

A Mangold le faltó ver más cintas de acción y artes marciales provenientes de Oriente, y si vio unas cuantas, parece que no logró aprender del todo la lección, pues a The Wolverine le eché en falta ese halo entre terrible y épico de Akira Kurosawa (vean Yojimbo, 1961, y Trono de sangre, 1957); la belleza sangrienta y violenta de Yoji Yamada (recomiendo El ocaso del samurái, 2002); esa acción tortuosa de los títulos de Takashi Miike (en especial Koroshiya, 2001) y la elocuencia y espectacularidad de Satsuo Yamamoto (Una banda de asesinos, 1962).

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