PAULO COELHO

Camino de Kumano (I)

RELATO. Cierta tarde de febrero de 2001, bajé del tren y me encontré a Katsura, una japonesa de 29 años.

–Bienvenido al camino de Kumano. Miré hacia el exterior de la estación. ¿Qué era el camino de Kumano?

La intérprete me dijo que una amiga mía, la poetisa Madoka Mayuzumi, insistió en que yo debería visitar ese lugar, aunque contase con apenas cinco días en Japón y tuviese que viajar en automóvil la mayor parte del tiempo. Madoka había hecho a pie el Camino de Santiago, y esta era una manera de agradecerme.

En el tren, mi intérprete comentó: “la gente en Kumano es muy extraña”. Le pregunté por qué, y ella limitó su respuesta a una palabra: “Religiosidad”. Por mi parte, no quise insistir: muchas veces conseguimos arruinar una buena peregrinación porque leemos todos los folletos, sin dejar lugar para lo más importante del viaje: lo inesperado.

–Vamos hasta la piedra– dijo Katsura. Caminamos algunos metros hasta un pequeño obelisco, enclavado en medio de una esquina. Allí el camino de Kumano se dividía en dos.

–Si vas hacia la izquierda, harás la peregrinación por el camino que el emperador usaba. Si vas por la derecha, harás el camino de las personas comunes.

–Tal vez el camino del emperador sea más bonito, pero sin duda el camino de las personas comunes estará más animado, dije.

Ella pareció quedarse contenta con mi respuesta. Mientras conducía, Katsura explicaba un poco sobre el lugar: Kumano es una especie de península llena de valles, donde varias religiones conviven en paz.

–¿Son cuántos kilómetros de peregrinación?– quise saber. Ella dio muestras de no entender.

–Eso depende de dónde empezaste– respondió finalmente.

–Claro, pero en el caso del Camino de Santiago, por ejemplo, son aproximadamente 700 kilómetros. ¿Y aquí?

–Aquí, las peregrinaciones comienzan cuando sales de casa y terminan cuando regresas a ella.

La respuesta tenía sentido. La peregrinación es una etapa de un viaje; recordé que después de recorrer el Camino de Santiago, en España, solo terminé de comprender lo que me había ocurrido durante los cuatro meses posteriores que pasé en Madrid antes de regresar a casa.

–La gente ve las cosas, pero no las comprende de inmediato– continuó Katsura–. Es necesario dejar en casa al hombre que sueles ser; este se queda allá. La parte que te hace daño termina muriendo por falta de alimento, ya que el demonio está muy ocupado con otras personas.

Subimos por una pequeña pista hasta que paró en un albergue. Antes de que yo entrara, Katsura comentó:

–Aquí vive una mujer que no sabemos cuántos años tiene, por lo que la llamamos “Demonio Femenino”. Voy a bajar a la aldea más próxima para llamar a un leñador que te explicará cómo debe realizarse el camino.

La noche ya estaba llegando, Katsura desapareció en la bruma y yo me quedé allí, esperando a que el Demonio Femenino me abriese la puerta (continuará).

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