Corazón salvaje

Pedro –el Viejo–, con su parla típica de los Fábrega de antes, hubiera dicho que el papá de Iris tenía acciones en el clero. Si las monjas la admitieron fue por el tío abuelo obispo.

El Colegio Internacional de María Inmaculada se remeció con el ingreso nada triunfal de Iris de la Barrera cuando mi grupo iniciaba segundo de secundaria. Ella sobresalió ab initio, literal y metafóricamente.

A mis 13 apenas cumplidos, yo era más bien petite; ella con 15, orgullosa como un pavo de haber repetido dos veces el mismo año, ganaba cualquier juego de básquet.

Su tamaño, joroba y enormes ojos tristes me trajeron al labio, recién conocida, el poema sagrado de Guillermo Valencia. Iris era la encarnación de uno de sus “dos lánguidos camellos de elásticas cervices....”.

Huérfana de madre apenas niña, se había criado con un padre más machista que un charro y tres hermanos mayores que se habían dado, los unos a los otros, motes tan descriptivos como suelen ser los alias: Rapiña, Pirata, Morgue. Iris sola, se había fraguado el suyo:

–Galaxy. El que se mete conmigo ve las estrellas.

Desde el día uno, la profe de Español le puso proa, invitándola venenosamente a subir al proscenio, la tarima sobre la cual se erguía su pupitre.

–A ver, la del nombre de diosa griega, cuánto sabe... ¿Qué entremés recuerda de Cervantes?

–A mí nunca me dijeron lo que comía ese señor.

–¿Qué es un sainete?

–El hijito del “saíno”.

–¿Una tragedia famosa a lo largo de los siglos?

–Ir a la escuela.

Yo estaba deslumbrada. Desde ese momento, entre Galaxy y yo, se estableció un vínculo tan estrecho, como inexplicable para muchas. Entre otras cosas, porque yo era alumna distinguida: como sí prestaba atención, mis notas eran buenas. Además, las monjas confundían mi enorme aburrimiento con buena conducta.

Cuando, en tiempo libre, Iris y yo deambulábamos por los pasillos, yo me daba cuenta de que las demás alumnas se burlaban a mis espaldas. Ese era el peaje, que gustosa, le pagaba a la vida por la única compañera que había tenido en las aulas. Como yo, ella era solitaria, anarquista, deficitaria en amor.

A la segunda semana de clase, la madre superiora trajo al salón un esperpento afrancesado que tenía su propia conexión en la curia. Era evidente que ni la monja mayor la soportaba.

–Niñas, la señora Cortés está dictando desde el año antepasado unos cursos de refinamiento en nuestro plantel.

No le fue difícil a la intrusa dar con la cabeza de Iris.

–A ver, jovencita, la de allá atrás. La del cabello corto y rizado.

El lánguido camello avanzó como si el Sahara se hubiera quedado sin oasis. En la tarima se plantó una Pancho Villa.

–Dígame, señorita, en nombre de su grupo, qué le parece seguir un curso de modales.

Silencio mortal.

–¿Señorita?

–Señorota: terrible. Ya es de espanto tener que venir aquí para que encima nos vuelvan amaneradas.

Silencio sepulcral.

Una semana más tarde, la madre superiora entró a la clase con un cartelón harto primitivo y una cara que no conseguía ocultar la satisfacción.

–Presten mucha atención, niñas. Ha ocurrido algo muy feo. La señora Cortés ya no vendrá más a nuestro plantel. Alguien le dejó esto en el carro.

Con plenipotenciaria lentitud, nuestra mandamás exhibió, convenciéndose de que cada una lo captaba, el letrero cuya autora no tenía que haber dejado otra huella que su texto, en una descomunal, terrorífica caligrafía: “ESTO ES UN ABISO. NO QUEREMOS SU CURZO CURZI”.

–Niñas, de ahora en adelante en la hora de refinamiento se reforzará ortografía.

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