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Deadpool, un héroe irreverente y pícaro

La actitud de Deadpool es ser un antihéroe  que a su manera cuestiona el  extremado conservadurismo político, económico, social y artístico de su tiempo.

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‘Deadpool 2’, una combinación entre acción, aventuras, fantástico y comedia negra, es protagonizada por Ryan Reynolds. ‘Deadpool 2’, una combinación entre acción, aventuras, fantástico y comedia negra, es protagonizada por Ryan Reynolds.
‘Deadpool 2’, una combinación entre acción, aventuras, fantástico y comedia negra, es protagonizada por Ryan Reynolds.

Deadpool es un personaje que, por lo general, agrada más a los cínicos que a los optimistas.

Su actitud irreverente, licenciosa y desordenada es más atractiva entre los irónicos que entre los convencidos de que el mundo no está tan destruido como describen los hechos.

Conservadurismo

Este engreído, patético, divertido, osado y valiente ser fue creado a mediados de los años 1980 por el artista Rob Liefeld y el escritor Fabian Nicieza.

La actitud de Wade Winston Wilson\ Deadpool buscaba, y lo consigue, liberar las ataduras conservadoras que el cómic estadounidense sufrió durante la represora administración presidencial de Ronald Reagan y George H. W. Bush.

Libre pensador

La actitud de Deadpool era  ser un cuestionador del extremado conservadurismo político, económico, social y artístico que marcó la década de 1980 y principios de los 1990, por lo que a su manera estaba más cónsono con la era de Bill Clinton y Al Gore de mediados de los años 1990.

 Esta dupleta de jóvenes políticos aspiraba, desde la Casa Blanca, recuperar las libertades individuales de la unión americana encadenadas por el miedo orquestado por un sector de los republicanos, y a la par el dúo Clinton-Gore deseaba separar las decisiones del Estado de la religión y que las ciencias, la innovación y la tecnología recuperaran su justa importancia dentro del gobierno de una de las potencias de la Tierra.

Héroe a su pesar

Deadpool es el más grande antihéroe creado por la editorial Marvel que ha llegado con fuerza a la pantalla grande.

De forma intencional, tanto la primera parte de 2016  como la segunda entrega que ahora se estrena en las salas, rompe la mirada dogmática y domesticada que tiene la mayoría de los productos del cine comercial de Hollywood, que temen ofender a la audiencia que ha malcríado con películas simples y repletas de prejuicios, aunque siempre he pensado que los productores de verdad temen más es molestar a los puritanos miembros de las juntas corporativas que se han apropiado de las principales productoras y distribuidoras del mundo del entretenimiento de Estados Unidos.

Deadpool no desea ser romántico al estilo tradicional, ni tampoco quiere ser el muchacho ejemplar que toda chica quiere presentarle a sus padres. Lo suyo es amar y actuar a su manera, sin dobleces morales ni sujeto a esa plaga hipócrita que es lo políticamente correcto por estos días.

A pesar suyo, lo obligan a ser héroe cuando su naturaleza más primaria está ligada a ser un villano con un buen corazón.

El comportamiento de Deadpool se basa en la tristeza, la venganza, el rencor y el dolor. Por eso es cero predecible en sus actos, nadie sabe qué va a hacer, porque es un impulsivo que rompe los moldes del buen héroe de cómic a lo Superman.

No le interesa alcanzar un reconocimiento de sus pares ni se esfuerza por conseguir la justicia social, aunque en el fondo sí sabe quiénes son los que merecen ser enviados al más allá de la manera más brutal posible.

Porque Deadpool mata y lo disfruta como si fuera un sicario o un gánsters extraído de un moderno videojuego para mayores de edad. De allí que es un ser violento que pervive en una sociedad virulenta. Es una figura ausente de escrúpulos en un entorno donde el radicalismo, el terrorismo, el fanatismo y la maldad se han vuelto moneda corriente.

A las salas

Quizás los primeros sorprendidos del óptimo resultado en la taquilla global de Deadpool (2016), del director Tim Miller, fueron los productores que dieron luz verde para que este atípico personaje llegara a los cines.

La producción llegaba con un presupuesto de 58 millones de dólares, una cantidad modesta para hacer un largometraje de superhéroes del cómic.

Por ejemplo, otro miembro de los X-Men que tuvo sus propias aventuras en solitario, Lobezno, tuvo dos entregas: The Wolverine (2013) y  Logan (2017), ambas firmadas por James Mangold, tuvieron un costo de 120 millones de dólares y de 97 millones de dólares, respectivamente.

Deadpool obtuvo en Estados Unidos el 46% de su taquilla total con 363,070 millones de dólares y en el resto de los mercados internacionales alcanzó los  420,042 millones de dólares.

Una cifra aún más significativa tomando en cuenta que recibió una clasificación para mayores de 15 años, lo que fue un riesgo para su alcance, ya que le quitó de un golpe el  acceso a los niños que son notables consumidores de los hombres y mujeres procedentes del cómic.

También se tomaron el riesgo de darle la máscara de Deadpool al actor Ryan Reynolds, quien protagonizó  en 2011 una de las peores películas de la historia cinematográfica basada en los cómics: Green Lantern (2011, de     Martin Campbell), la que está en el nada envidiable Olimpo del pésimo gusto junto a otros bodrios como Dardevil (2003, de Mark Steven Johnson),  Catwomen (2004, de  Pitof) y Elektra (2005, de Rob Bowman).

Linterna verde no solo fue destruido por los críticos, dentro y fuera de la unión americana, sino que además se hizo con una inversión de 200 millones de dólares y  alrededor del planeta solo llegó a los 219.85 millones de dólares. O sea, le fue fatal en todos los sentidos posibles.

Nueva entrega

Si los espectadores pensaron que la primera Deadpool era sangrienta, grosera, insolente y descarada, su segundo capítulo firmado por David Leitch es el triple de gráfico, provocador, desvergonzado y procaz.

El regreso de Deadpool viene con toda la sátira necesaria para el disfrute de sus seguidores, entre los que me encuentro.

Este asesino mutante, detestable y carismático,  se  burla de la Marvel, de DC Comics, de los superhéroes como emblema de paz y la equidad, de los políticos, de los buenos y los malos dentro de la industria de Hollywood, de las películas románticas de adolescentes del realizador John Hughes, así como de películas varias: de La Pasión de Cristo de Mel Gibson pasando por la Frozen de Disney; de la  9 a 5 de Dolly Parton a Terminator y Avengers: Infinity War. Vaya,  de lo que se les ocurra.

Las observaciones hilarantes e irónicas también incluyen al propio Deadpool, como un mercenario de corazón roto que a cada rato rompe la cuarta pared derrumbada por Shakespeare y Brecht, y  claro que sí, el propio Ryan Reynolds fue otro objeto de burla, quien fue víctima sin descaro por su error de aceptar participar en Linterna verde.

De paso, Ryan Reynolds encuentra en Deadpool su nivel más alto como intérprete. Parece como que cada película tonta que hizo era para prepararlo para encarnar a este variopinto hombre vestido en un traje de colores rojo y negro.

Si bien la trágica trama de Deadpool 2 es simple, está tan repleta de audaces referencias a la cultura pop estadounidense, y es tan enloquecedoramente divertida en sus planteamientos, que uno le resta importancia que su argumento es débil.

Otro aspecto que me agrada de ambas entregas de Deadpool, es que no tendrá tantos fondos para costearse muchas escenas elaboradas por ordenador, ni tendrá suficientes fondos para contratar a los actores más mediáticos de la familia de los X-Men, sí sabe entretener desde dos premisas que Hollywood valora poco: el gusto de ver a un actor que sí sabe sacarle provecho a su personaje y que un guion fresco y original es más relevante que los más elaborados efectos especiales.

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