PAULO COELHO

Final: Manuel va al Paraíso

HISTORIA. En las dos columnas anteriores, analicé la vida de Manuel, que anda siempre ocupado, pensando que el trabajo, sea cual sea, da sentido a la vida, y sin preguntarse nunca cuál es ese sentido. Más tarde, Manuel se jubila. Disfruta un poco de la libertad de no tener hora para levantarse y así poder emplear su tiempo en hacer lo que le gusta. Pero enseguida cae en una depresión: se siente inútil, apartado de la sociedad que él ayudó a construir, abandonado por los hijos, que ya han crecido, incapaz de entender el sentido de la vida, pues jamás se preocupó por responder a la famosa cuestión: “¿qué hago aquí?”

Pues bien, un día Manuel muere, como les sucederá a todos los Manuel, los Paulo, las Marías y las Mónicas de la vida. Y ahora cedo la palabra a Henry Drummond, en su libro El Don Supremo, para describir lo que sucede a partir de ese momento:

Todos nosotros, en algún momento, nos hemos hecho la misma pregunta: ¿Qué es lo más importante de nuestra existencia? Queremos emplear nuestros días de la mejor manera, por ello necesitamos saber: ¿hacia dónde debemos dirigir nuestros esfuerzos, cuál es el objetivo?

Estamos acostumbrados a oír que el tesoro más importante del mundo espiritual es la fe. Sobre esta simple palabra se sostienen muchos siglos de religión.

¿Que consideramos la fe lo más importante en el mundo? Pues, estamos completamente equivocados.

En su epístola a los Corintios, capítulo XIII, San Pablo nos conduce a los primeros tiempos del cristianismo. Y termina diciendo: “ahora subsisten la fe, la esperanza y el amor, estos tres. Pero el mayor de todos ellos es el amor”.

No se trata de una opinión superficial de San Pablo. A fin de cuentas, justo antes, en la misma epístola, hablaba de la fe. Decía:

“Aunque tenga plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo amor, nada soy”.

La prueba final de toda búsqueda de la salvación será el amor. No se tendrá en cuenta lo que hicimos, aquello en lo que creímos, lo que conseguimos.

Por nada de eso habremos de rendir cuentas. Habremos de rendir cuentas por el modo en que amamos al prójimo. Los errores que cometimos ni siquiera serán recordados. Seremos juzgados por el bien que dejamos de hacer. En este caso, nuestro Manuel está a salvo en el momento de su muerte, porque a pesar de no haber dado jamás un sentido a su vida, fue capaz de amar, proveer a su familia y ser digno en aquello que hacía.

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