Gabriel García Márquez

Gabo, por siempre periodista

“Cuando uno se aburre escribiendo, el lector se aburre leyendo”, opinaba el colombiano Gabriel García Márquez.

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“El periodismo es la profesión que más se parece al boxeo, con la ventaja de que siempre gana la máquina y la desventaja de que no se permite tirar la toalla”: Gabo. “El periodismo es la profesión que más se parece al boxeo, con la ventaja de que siempre gana la máquina y la desventaja de que no se permite tirar la toalla”: Gabo.
“El periodismo es la profesión que más se parece al boxeo, con la ventaja de que siempre gana la máquina y la desventaja de que no se permite tirar la toalla”: Gabo.

Leila Guerriero, periodista y docente argentina, califica la vena periodística de Gabriel García Márquez como “contagiosa”, y así aprendió el uso correcto del lenguaje cuando se enfrascaba en sus reportajes. “Fue un inspirador porque nos llevó a creer que se podía hacer notas como las suyas, y que eso parecía fácil, aunque aquello fuera un hermoso engaño”.

Su lenguaje era “excelso, exquisito”, manifiesta Guerriero, quien comenzó a leerlo con El coronel no tiene quien le escriba (1961) y acto seguido con Crónica de una muerte anunciada (1981).

Por ejemplo, en su Relato de un náufrago (1970), indica, hay una labor de narrativa orgánica y verosímil. “Era un hombre generoso y un buen editor, porque luego que hizo su obra quería el avance para los demás colegas, que los demás también, y por eso creó la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI)”.

El cronista Alberto Salcedo Ramos, de Colombia, inició su encuentro con Gabo a través de Cien años de soledad (1967) y no le gustó. Tenía 13 años y le pareció aburrida y enredada su trama. Años más tarde volvió a Macondo “de forma viciosa”.

“Gabo fundó el reportaje moderno en Colombia”, en tiempos en que el periodismo que más se destacaba era desde la esfera de la opinión. Su otro aporte es que le dio “nueva vida a la cultura popular, al sentir de las calles”.

En sus columnas y artículos fue delirante y “con una imaginación ilimitada”, aunque no abusó cuando escribía sus crónicas y reportajes, anota Salcedo Ramos.

Para él, demostró que se podía redactar notas con calidad literaria, porque el periodismo y la literatura “son dos habitaciones de una misma casa”.

POLÍTICA Y JIRAFAS

Su otra constante como periodista era su fijación por el poder y la política, no para ejercerlos, sino para aprender sus mecanismos, indica Jaime Abello Banfi, director general de FNPI.

Le interesaba el accionar político de América Latina, en especial lo que ocurría en Colombia, Cuba y Nicaragua, anota Abello Banfi.

En sus primeros textos periodísticos hay señales claras de sus futuras novelas, indica. “Nunca vio el periodismo como una tribuna”, salvo cuando se enfrentaba a la política de Estados Unidos, aunque confirma que le encantaba el cine, la literatura y la música hecha en la unión americana. Incluso sus hijos estudiaron en universidades estadounidenses y tenía un apartamento en la ciudad de Los Ángeles, resalta.

Para Leila Guerreiro, su periodismo fue “tremendamente moderno”, y cita el caso de su columna La Jirafa, que salió primero en El Universal, periódico de Cartagena, y después en El Heraldo, rotativo de Barranquilla, en la que echó mano “de una narrativa alocada”.

Su estilo era cercano a la “insolencia”, en el sentido de que su juventud y su talento le permitían ser osado en las estructuras de sus notas, comenta. “Era de un alto nivel de riesgo. Sus textos periodísticos de joven eran explosivos y es impensable que se hagan ahora” por la camisa de fuerza “de lo políticamente correcto”.

El Gabo periodista sentía predilección por los temas y las situaciones “insólitas”, destaca Alberto Salcedo Ramos. Pone como muestras sus textos Mi otro yo (sobre el sentido de la fama), y Solo 12 horas para salvarlo, sobre un niño que es mordido por un perro con rabia y solo tenían medio día para encontrar la medicina eficiente, la que estaba a 5,000 kilómetros de distancia.

Gabo tenía gracia cuando contaba sus historias, ya sea escritas o de manera oral, incluso lo siguió siendo “cuando se volvió consagrado”, destaca Salcedo Ramos. En sus columnas se preocupaba por aspectos de la vida alejadas “de la prédica moral”.

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