Raíces

Historia de la pintura en Panamá

Segunda entrega de Raíces, donde se abordará un poco más del trabajo del pintor Roberto Lewis.

Temas:

Roberto Lewis (1874-1949) en clase de dibujo, en 1915. Fotografía de Carlos Endara Andrade, hecha a partir del negativo original en base de vidrio, de la colección de Ana Sánchez Urrutia y Ricardo López Arias. Roberto Lewis (1874-1949) en clase de dibujo, en 1915. Fotografía de Carlos Endara Andrade, hecha a partir del negativo original en base de vidrio, de la colección de Ana Sánchez Urrutia y Ricardo López Arias.
Roberto Lewis (1874-1949) en clase de dibujo, en 1915. Fotografía de Carlos Endara Andrade, hecha a partir del negativo original en base de vidrio, de la colección de Ana Sánchez Urrutia y Ricardo López Arias.

La historia de la pintura panameña, y lo que tal vez sea más relevante, el oficio de la pintura, se inicia con Roberto Lewis (1874-1949). Él no es solo la figura artística más importante de la primera mitad del siglo XX. En su obra también aparecen, por primera vez, un conglomerado de temas, afinidades y actitudes que tendrán un carácter emblemático e impondrán una tonalidad sobre lo que habrá de venir después.

Lewis intentó mitificar –y lo consiguió- los orígenes de la República en una serie de pinturas murales en el Teatro Nacional, la Presidencia de la República y la Escuela Normal Juan Demóstenes Arosemena. Dio, asimismo, expresión tangible a una conciencia nacional naciente a partir del movimiento independentista de 1903.

Como muchos otros jóvenes artistas de la época originarios de América y del mundo, sus estudios tienen lugar en París, la casa de todos, “la cara Lutecia” de Rubén Darío, quien se atrevió a afirmar sin dejo de ironía que pensábamos en francés y escribíamos en castellano. Ingresó en la Académie de Beaux Arts, al taller del artista Leon Bonat (profesor asimismo entre otros muchos de Edvard Munch, Thomas Eakins y Georges Braque), afamado por sus escenas históricas y retratos en una vena más bien sombría y realista. En 1905 Lewis obtiene el segundo premio en el Salón de la Sociedad de Artistas Franceses con su cuadro: L’homme qui rit.

Numerosas distinciones demuestran que fue un discípulo aprovechado y que supo acoplar su talento a las tendencias académicas imperantes centradas alrededor de la disciplina del dibujo. Ya el gran Ingres lo había dicho: “El dibujo lo es todo” y “el dibujo engloba tres cuartas partes y media de lo que constituye la pintura”. Así, el trazo del lápiz, juicioso y tenaz encierra la idea de la figura a representar, que madura por medio de estudios preparatorios que se suceden interminablemente. La ejecución es, finalmente, “la culminación de esta imagen ya poseída y preconcebida”.

Entre 1905 y 1907 en París, Roberto Lewis pinta para el Teatro Nacional la alegoría del nacimiento de la República, una composición de figuras que se abre en espiral hacia la luminosidad del cielo. Con extraordinaria habilidad Lewis entiende y traduce el arco expansivo de pinturas fijadas ilusionísticamente (como en Charles Le Brun y otros) a las formas arquitectónicas y lo traslada al limitado ámbito interior del Teatro Nacional. Llama vivamente la atención la intensidad de los colores que retratan una alborada veraniega de azules, rosas y tono áureos, conmoción que impulsa al carro de Apolo y la ficción del alumbramiento nacional tras la revelación de un movimiento secesionista por el cual la historia se asume y se dice propia.

Uno no puede menos que sorprenderse por la impetuosidad de la lluvia de colores que plasman las formas: podría hablarse casi de una intuitiva asimilación de los mosaicos cromáticos fauvistas. O sea, un ‘guilo’ silencioso a la vanguardia de la época.

En las paredes del palacio presidencial, Lewis completa el ciclo pictórico treinta años después, cuando evoca los atardeceres en la isla de Taboga que se derraman sobre una naturaleza fecunda y generosa, que da frutos, y en cuyos cuerpos desnudos habitan la imaginación y la memoria en el abrazo unánime del pasado y presente: así desfilan el trirreme romano, el galeón español y el karv vikingo en una suerte de anacrónica reiteración del viaje de descubrimiento y evangelización. El pasaje más inspirado de estos tableaux del año 1936, cuando Lewis vuelve a encontrarse fugazmente a la misma altura de inspiración que en el celaje colmado de nubes del Teatro Nacional, ocurre en lo que es virtualmente la única composición de grupo en la historia de la pintura panameña: el retrato de la familia presidencial . En ella puede percibirse -en la multiplicidad de los gestos, que engarzan cadenciosamente de uno a otro los brazos de los protagonistas, iniciándose con la niña que ocupa el extremo izquierdo, y en el deleite evidente por las geometrías y texturas de los ropajes- la mirada oblicua que Lewis dirige a sus contemporáneos europeos Robert Poughéon, William Russell Flint y Felice Casorati.

(Editor: Dr. Ricardo López Arias)

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