PAULO COELHO

Importancia del gato en la meditación

HISTORIA. Habiendo escrito un libro sobre la locura, me vi obligado a preguntarme cuántas de las cosas que hacemos nos vienen impuestas por la necesidad y cuántas están basadas en el absurdo. ¿Por qué usamos corbata? ¿Por qué el día tiene 24 horas de 60 minutos cada una? El hecho es que muchas de las reglas que obedecemos hoy no tienen ningún fundamento. Y a pesar de esto, si pretendemos actuar de una manera diferente, dirán que estamos “locos” o que somos unos “inmaduros”.

Mientras tanto, la sociedad va creando algunos sistemas que, con el correr del tiempo, pierden su razón de ser, pero continúan imponiendo sus reglas. Una interesante historia japonesa ilustra lo que quiero decir:

Un gran maestro zen, responsable del monasterio de Mayu Kagi, tenía un gato que era su verdadera pasión en la vida. Tanto era así, que durante las lecciones de meditación mantenía a su lado a su gato, para disfrutar al máximo de su compañía.

Cierta mañana, el maestro, que ya estaba muy mayor, apareció muerto. El discípulo más aventajado ocupó su lugar. ¿Qué vamos a hacer con el gato?, le preguntaron los otros monjes. En homenaje al recuerdo de su antiguo guía, el nuevo maestro decidió permitir que el gato continuase presente en las clases.

Algunos discípulos de monasterios vecinos, que viajaban mucho por la región, descubrieron que, en uno de los más prestigiosos templos de la zona, un gato participaba en las meditaciones. La noticia empezó a correr.

Transcurrieron muchos años. El gato murió, pero los alumnos del monasterio estaban tan acostumbrados a su presencia, que se hicieron con otro gato. Mientras tanto, otros templos empezaron a introducir gatos en sus sesiones de meditación: pensaban que el gato era el verdadero responsable de la fama y de la calidad de la enseñanza de Mayu Kagi, y se olvidaban de que el antiguo maestro había sido un excelente instructor.

Pasó una generación, y empezaron a surgir tratados técnicos sobre la importancia del gato en la meditación zen. Un profesor universitario desarrolló una tesis –aceptada por la comunidad académica– defendiendo que el felino tenía la capacidad de aumentar la concentración y eliminar las energías negativas.

Y de esta manera, durante todo un siglo, se consideró al gato como parte esencial en el estudio del budismo zen en aquella región.

Hasta que apareció un maestro que tenía alergia al pelo de los animales domésticos y que decidió prescindir del gato en sus prácticas diarias con los alumnos. Se produjo una gran reacción en contra, pero el maestro se mantuvo firme en su decisión. Poco a poco, los monasterios fueron eliminando a los gatos de las clases. Transcurrió otro siglo, y el gato salió por completo del ritual de meditación zen. Pero habían hecho falta 200 años para que todo volviese a lo normal, ya que a nadie le dio por preguntarse por qué el gato estaba allí.

¿Y cuántos de nosotros nos atrevemos a preguntar por qué hemos de actuar de determinada manera?

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